martes, 28 de enero de 2025

Abismos de incertidumbre

 














«Yo soy un ignorante, pero he leído algún libro. No te lo creerás, pero todo lo que hay en este mundo sirve para algo. Hasta esta piedra, por ejemplo. No sé para qué sirve, pero para algo ha de servir; porque si fuera inútil, entonces todo sería inútil… incluso las estrellas. Al menos eso creo.» (De la película La Strada

Con un fotograma de la susodicha «peli» —metáfora sobre el sentido de la vida— y una vieja fotografía del álbum familiar, he compuesto esta cabecera. Si en «De Málaga a Malagón» cuento la llegada de José a la cuenca minera del Bernesga, en «Abismos de incertidumbre», que ahora me ocupa, conjeturo sobre su desazón ante lo que se le aparecía en aquel espacio de silencios y carbón, durante la primera jornada.

Era septiembre de 1954 cuando Fellini, en Italia, estrenaba su película. En La Vid de Gordón, varias semanas después —quizás el lunes cuatro de octubre— inauguraba José una estrada, ese «camino o vía que resulta de hollar la tierra» (1); una estrada que resultó determinante. Hasta ese día, la rota o derrota seguida por él había sido arar, sembrar y segar, podar y ensarmentar las viñas, mozo de mulas y algún que otro trabajo en la construcción, puesto que la obra pública despertaba con fuerza en los cincuenta. Como jornalero —paupérrimo a todas horas y en todas las estaciones, «moneda que no corre, conseja de horno, escoria del pueblo, barreduras de la plaza y asno del rico» (2)— había recorrido un largo trecho. Y siendo así, que lo era, ¿por qué se mostraba tan nervioso, tan diligente aquel amanecer, con tanta premura y ajetreo? ¿Acaso ignoraba que «más vale al que Dios ayuda que al que mucho madruga» (3)? ¿No sospechaba siquiera que «los últimos serán primeros y los primeros, últimos» (4)? Descaminado y frenético se iniciaba en su nueva trocha el andante descamisado: que nunca el ansia llenó despensa sino Tiche, la diosa que gobierna el sueño de los mortales. Mas, siempre «habrá quien se alabe que tiene echado un clavo a la rodaja de la fortuna» (5); en ningún tiempo, José, cuyo juego era leal y sin fullerías, encomendándose «a Dios, que Él es el sabidor de las cosas que han de suceder en este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde apenas se halla una cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería» (6).

Pero aun siendo verdad verdadera este mal mundo que tenemos, que viva, pues no hay otro; y viva la gallina, aunque sea con su pepita. Con «su Nieves» en el magín, y su primer vástago a cuestas, dio el manchego un paso al frente; y así, con un chimbolero de dudas en la sesera, temprano estaba rodando por el suelo en busca de los garbanzos. «Temprano madrugó la madrugada» (7). A eso de las ocho. Arisco y lóbrego de inmensa lobreguez presentaba su rostro el cielo. Con chaparrón a la vista y sin paraguas, caminaba José cosido a la sin par carretera, llena de parches y con aspecto adoquinado. A su izquierda vio un puente delgaducho (con cara de haber pasado hambre de hormigón) sobre las aguas del Bernesga, que transcurrían lentas y flacas pues las lluvias de otoño estaban por venir; a su derecha, las vías del tren y la cantosa cantera con su desapacible y enervante sirena. Muy lejos de aquel lugar, vagaba su espíritu. Congojado y pensativo iba por su camino adelante considerando la envolvente maraña, el lío, el embrollo, la burundanga en que se metía, y no vislumbraba escapatoria. Quizás en aquel momento se viese tentado de volver a su antigua libertad; buscar la vida pasada, huir como fuese de la galera donde todo era remar y remar a ningún puerto; perderse como una sombra entre las sombras, escabullirse como un fugitivo cuyo plan de vida no va más allá de horas veinticuatro.

Sin embargo, con eso y todo «bien se está San Pedro en Roma: quiero decir, que bien se está cada uno usando del oficio para que fue nacido» (8). Bien está el mundo dando vueltas en el vacío, y cada criatura sabiendo el andurrial que le corresponde; y bien estaba José buscando el porvenir, aunque fuese adentrándose más y más en derroteros ásperos y peludos, que le exigirían más sangre, más esfuerzo, más lágrimas y más sudor de lo imaginado, pues la mina de aquellos años era implacable. Curtido estaba, eso sí. Desde que un día de 1928 fuese arrojado a la vía muerta de los desechables, hizo de la necesidad esfuerzo y ganas de vivir; aunque por herencia le vinieran trabajos y tragantonas, escamas y temores; aunque la ocasión de salir a flote se le apareciera siempre calva. Aun embarrancado, aleteaba sin alas bajo un «cielo negro».

Curtido estaba: venía de trabajar en la presa del Cenajo. Quedan estas fotografías del álbum familiar como testimonio.






Quisiera escribir el despidiente y con él acabar este capítulo, pues ya es hora. Para ello, creo me servirá comentar sobre la leyenda negra del Cenajo (a siniestras y de prisa y deprisa elaborada por los del «fango, fango, fango», por los que «tiran la piedra y esconden la mano», por los que a tuertas nos gobiernan):

Hic et nunc. Aquí y ahora doctores en historias de pacotilla —mozos de cordel— buscan gloria y remuneración en un periquete, apuntándose al carro del mago Periquillo. Estos zarramplines de tres al cuarto, cuando no hallan luz en el estudio (porque se cansan), la buscan en minucias perversas y olvidadizas de doña Inquina. Mi padre —José—, que trabajó en el pantano del Cenajo durante algún tiempo —1953 y 1954 incompletos—, contaba el accidente recogido por el Diario ABC (14/01/1954) en el que murieron tres trabajadores: Miguel Ballesteros, natural de Chinchilla y con 21 años, Pedro Morillas y Pedro Martínez, vecinos de Yeste y asimismo veinteañeros; y nos lo contaba, digo, a su manera, cuando el gélido viento del norte nos congregaba en torno a la estufa de carbón (hulla noble y entrañable: la mal «pagá» del tontaina siglo de molinillos y «patanetes»). Contaba que los había visto caer al vacío. Contaba, lleno de amargura, que habría sido él uno de los elegidos por la fatalidad en aquella triste jornada, si no hubiese hablado por su boca un no sé qué; si no le hubiera dicho al capataz: «no, yo no subo tan alto con esos aparejos»… Ahora bien, lo que nunca nos contó fueron historias sobre presos cuyos cuerpos eran sepultados en el hormigón, y eso que mi padre perseveraba con asiduidad en ese veneno de la onda corta: La Pirenaica.

Hogaño dibujan rabo y hocico y largas orejas, con malvadas intenciones, a los protagonistas de una época, la de Franco, lo mismo que antaño se hacía con «los rojos». Nada cambia «en este país»: urdir malas telas, que vistan de bruto al otro, es de cada día pan nuestro. Aquí y ahora, la izquierda carpetovetónica (más allá de la razón, más allá del bien y del mal, el non plus ultra de la estupidez humana) con su grosera e imaginaria superioridad moral se adueña del pasado para controlar el presente y diseñar el futuro a su imagen y semejanza. Estos «don Éboles» salvadores desarrollan el arte de olvidar los asesinatos en serie de los «don Terneras», mientras reavivan el resplandor —el recuerdo— de una guerra provocada por los suyos. Todo les hace gracia, de todo se mofan; todo produce ganancias con tal de perpetuarse y destruir el «régimen del 78». Estos «Ébola» del diablo dicen ahora del Cenajo que es una tumba. Si tuvieran la más mínima posibilidad de hallar restos humanos en las entrañas de la presa, ya se habrían puesto manos a la obra, puesto que la tecnología para descubrir lo que tan maliciosamente denuncian está disponible. Sin embargo, no lo hacen. ¿Por qué? Porque se quedarían sin cizaña que sembrar.

Vale.





(1) Diccionario RAE.
(2) En la página 241 de «Guzmán de Alfarache» (primera parte), de Mateo Alemán. SA de Promoción y Ediciones. Madrid, 1980.
(3) En la página 885 de «Don Quijote de la Mancha» (segunda parte), de Cervantes. RBA Editores. Barcelona, 1994.
(4) Mateo 20: 16-17
(5) En la página 765 de «Don Quijote de la Mancha» (segunda parte), de Cervantes. RBA Editores. Barcelona, 1994.
(6) En la página 701 de «Don Quijote de la Mancha» (segunda parte), de Cervantes. RBA Editores. Barcelona, 1994.
(7) Verso de Miguel Hernández.
(8) En la Página 1020 de «Don Quijote de la Mancha» (segunda parte), de Cervantes. RBA Editores. Barcelona, 1994.


lunes, 21 de octubre de 2024

Ninguna parte. 2023.

                   

Por Benjamín se me conoce; aunque de haber seguido mis padres la tradición me llamaría José (al ser éste nombre de mi padre y ser yo tercer varón). No es así; tampoco importa demasiado. Soy hoja de otoño, artificio de artificios y suma de restas, barrunto de una ficción; un Panza sin armadura y con arrugas de cristal en las posaderas. Criado en un espacio de silencios y carbón ―en la Ciñera ceñida de peñas y riscos― aprendí a no pedir, a no llorar; y aprendí en el esfuerzo que todo cuesta «sangre, trabajo, lágrimas y sudor», sabiendo lo necesario de urbanidad y buenas costumbres. La escasez me abrió los ojos. Con ellos he podido ver un poco de todo, y con la luz del pobre ―amando la vida― he caminado en la niebla.

He llegado, indefectiblemente, a ninguna parte: al siglo XXI. A lo tonto vivo ya septiembre del 2023, cuando mil avisperos y líos patrios hacen que mi ser tiemble y no halle reposo. Sepan que anoche cuando dormía en mi chiribitil soñé ―¡maldita zozobra!― que la chifladura crecía; sepan que anoche cuando vueltas y vueltas daba sobre colchón de guijarros soñé ―¡maldita pesadilla!― que andaba suelto el lobo, y Pedro tan campante. Asimismo sepan que cuando el mal no mejora, empeora, y que «río arriba, río arriba nunca el agua subirá, que en el mundo río abajo, río abajo todo va». (1)

Peor mes el año no tiene, y tan sólo he visto de septiembre cuatro días ―y cuatro días dan para mucho, tal y como ha señalado la señora Calviño no hace tanto―. Efectivamente, dan para incontables felonías. En este mundillo de los tejemanejes no descansan los ingenieros de lo social: siguen y siguen con el sempiterno encaje de bolas, pasteleos y el aquí está el gran pacificador. ¡Cuán lóbrega es la democracia sin Ley, sin alma!… Late el luto bajo cándidos barnices de marco constitucional.

Había una vez un país de imprudentes paisanos y paisanas, todos con derecho al paisaje y con una lengua común e idéntico fin: suicidarse de la manera más estúpida posible. Tenía el mismo incomparables territorios que, según el momento histórico y animosidad de unos y otros, recibían títulos diferentes. Así, lo que inicialmente se conocía como región pasó a llamarse comunidad autónoma, luego nacionalidad histórica y finalmente ―¡con un par!― se cuadró el círculo: se llamó nación sin Estado y con derecho a decidir. Nunca ―«¡jamás, jamás, jamás!»― se me hubiera ocurrido. En esta tierra de conejos, hoy de gallinas, se ponía en marcha un engendro plurinacional en que los terruños pasaban a ser más importantes que las personas, y las nacioncillas más que la Nación. Tan eufóricos estaban los promotores del invento, que se decían: «Ea, vamos a levantar muros lingüísticos.» Después añadieron: «Proclamemos unilateralmente la independencia, y pidamos a seculares enemigos del aborrecido yugo el apoyo.» Pero sucedió que bajó Dios a ver dicho país, y a ver la batahola encaballada. Y dijo Dios: «Hete aquí que todos son un mismo pueblo con una lengua común y se disponen, grotescamente, a parlamentar con pinganillos. ¿Tienen sexo en la sesera? ¿No saben que todo tiene consecuencias? Les privaré del habla, para que no puedan mentir; les haré una pelota con la lengua, para que no puedan envenenar; les encresparé la boca llenándola de acíbar. Ea, pues.» Y aconteció que los secesionistas salieron corriendo por la gatera, y los nefastos gobiernos centrales fueron arrojados al muladar. Dios había frustrado una intentona, la penúltima de una serie infinita, embrollando el diabólico plan de todos contra España. Por eso se llamó Galimatías a toda esta historia.


Una de las cosas que más escasean en el mundo es la prudencia. Conociendo esto un filósofo, ¿qué hizo? Tomó una mesita y una silla y se fue al mercado, donde permanecía horas enteras como uno de tantos vendedores.
Divulgose el hecho por la ciudad y se acercaban a él multitud de curiosos preguntando:
―¿Qué vendes?
―Vendo prudencia ―respondía el filósofo.
La respuesta se oía con grandes carcajadas, y de todas partes iban y venían para reírse de él.
Un día pasó por allí el rey, y le dijo:
―¿Qué haces ahí?
―Señor ―le respondió―, vendo prudencia.
―¿Y cómo sabrás tú venderme la prudencia que necesito?
―Yo os daré un consejo ―dijo el filósofo― que si lo ponéis en práctica no os arrepentiréis jamás. El consejo es éste: «Nada habléis ni emprendáis sin haber pensado y meditado antes sus consecuencias.»
El rey reflexionó un instante, y tanto le agradó el consejo que mandó escribirlo sobre la puerta de su palacio. (2)



(1) Copla recogida por Ricardo León en la página 213 de su libro «Los caballeros de la Cruz». Editorial Victoriano Suárez. Madrid, 1942.
(2) «De la prudencia», página 70 del libro «Lecturas de oro», de Ezequiel Solana.

Página en blanco.



En Ciñera, donde los garbanzos sabían a gloria, hice mi Primera Comunión un 27 de mayo de 1965 ―Festividad de la Ascensión―. Por aquel entonces los buenos iban al cielo y los malos al infierno; y un servidor iba contento al Patronato, donde por edad me correspondía la clase de don Francisco ―el maestro poeta―. Con él, los viernes por la tarde aprendíamos de memoria, y recitábamos por riguroso turno, tres o cuatro estrofas de autores clásicos y contemporáneos. Aún recuerdo algunos de aquellos versos… ¡Qué bueno, qué bueno, qué bueno!

¡Qué bueno el niño de mi memoria! Corriendo entra en la escuela y, tras tres tristes horas de sepulcral silencio y «aprendiz de hombre», sale corriendo. Se para unos segundos en la orilla del río y rebusca entre los desechos: a menudo encuentra trozos de película, que al trasluz mira con ojos de ratón. Por los sótanos de la Hornaguera galopa gritando ¡Honorio! y asciende veloz por la escalera, terminando en la explanada de la Fusca. Desbocado, en un abrir y cerrar de ojos da una voltereta en el quitamiedos de tubo metálico y sale pitando: hasta la fuente de las nieves; y por el puente hasta el pilar con ese tentador saliente que sirve de trampolín. A él accede colándote por la barandilla y salta, ligero de cascos y con los ojos perdidos en la oscuridad, sobre un montón de cenizas. Ya en suelo firme hace balance de daños, se sacude la culera y toma ―¡deprisa, deprisa!― el camino de la fuente del piojo, y el camino a casa.

¡Qué bueno el cine Emilia! Vean si no algunas de las películas programadas durante aquel año: 23 de enero, El tesoro de Sierra Madre; 7 de febrero, La Pantera Rosa; 14 de febrero, Desde Rusia con amor; 27 de febrero, Hiroshima, la ciudad marcada; 10 de marzo, El Verdugo; 25 de abril, La conquista del Oeste; 1 de mayo, Cleopatra; 8 de mayo, Página en blanco; 23 de mayo, El Rolls Royce amarillo; 27 de mayo, El Extra; 20 de junio, Charada; 26 de junio, Los pájaros; 27 de junio, La mujer de paja; 4 de julio, Cantando bajo la lluvia; 11 de julio, La tía Tula; 18 de julio, Tres herederas. Y además, La Gran Evasión, «», La conquista del Oeste, Rebelde sin causa, Días de vino y rosas, El séptimo amanecer, James Bond contra Goldfinger...

¡Qué bueno Edward Dmytryk! Ganó en 1965 la Concha de Oro del Festival de cine de San Sebastián con Espejismo, una película en torno al peligro de la amnesia. Y qué baja estofa tiene, qué pelaje, qué mala ralea, cuánta ignominia encierra el documental dirigido por don Évole y protagonizado por don Ternera Nechaev, y que hoy ―veintidós de septiembre― se proyecta en el concurso donostiarra. Es obvia la decadencia. Nosotros progresamos democráticamente hacia el despeñadero; ellos,… Nosotros estamos hoy peor que ayer y mejor que mañana; ellos,…

Y para terminar esta segunda entrega en un mes siniestro, quisiera recordar un fatídico hecho: el asesinato de Carmen Tagle, un 12 de septiembre de 1989, por la banda terrorista del antedicho demonio vacuno.

domingo, 20 de octubre de 2024

Vía indigesta.1972


En esta imagen conjugo dos: fachada principal del colegio «Nuestra Señora del Camino» (sacada de la revista Hornaguera nº 2, marzo de 1959) y un servidor en una vieja toma de 1973. Tengo mis razones para entremezclarlas: fui durante muchos veranos (desde 1972) el «pinche de las monjas». De aquellos días guardo en mi baúl agridulces curros y angosturas.

En sonando la sirena del grupo Fábrica, iniciaba mis obligaciones. Lo primero, regar los jardines. Así, cuando el sol asomaba la patita y quebraba los grises, me divertía pulverizando el chorro de agua para pintar de colores el aire, mientras llegaban a mis oídos los cánticos de las religiosas. Era feliz en mi jaula de sueños, pues, «cuando sale la luz, ¿quién no se alegra? Las árboles parece que despiertan y se ríen, y se visten de librea con unos entreclaros y obscuros que hacen los rayos de sol pasando por las ramas. Las hierbecitas, ajadas y mustias con la tiniebla, resucitan. Las flores, encogidas y como viudas tocadas, a la luz que viene despliegan sus hojas y descubren la belleza de su rostro, y se alegran y lavan la cara con el rocío del cielo. Abren las rosas sus capullos y exhalan grande fragancia de olores que, con la humedad de la noche, han estado soñolientos y retraídos. Gorjean las avecicas en los árboles, y reciben a la luz con su música... ¡Oh Luz divina! En saliendo vos, ¿quién no se alegra?» (1)

Con el bautizo del nuevo amanecer retrocedían las sombras de la noche, los demonios se iban y todo se me pintaba «como Dios manda». Iba entonces a buscar la correspondencia y la leche; a la vuelta entraba en la cocina de la Comunidad. Perenne, allí estaba la hna. María, una mujer grande y fuerte, con voz amable y rotunda, y a quien nunca supe decir que no: cuando me ofrecía el diario vaso de leche ―natural de vaca―, me lo bebía sin rechistar; si bien me resultaba de pesadísima digestión, ya que mi estómago ―perpetuo enemigo mío― estaba hecho al caldo ligero de «Aly». Resumiendo: la hermana encargada de la manducatoria me asistía en mi déficit de calcio, me daba la lista de compras y un servidor, carretillo en ristre, descendía ingrávido por la cuesta del hospital camino del economato viejo, que daría paso al nuevo en pocos meses.

Dejo en este punto mis historias de aquel espacio-tiempo; en octubre hablaré de las hermanas Avelina, Hilaria, Pilar, Josefa, Carmen, Rosario, Gonzala ―sobre todo ella, la hna. Gonzala―, y de María Rosa, la madre superiora. Y lo dejo porque termina septiembre, que muere matando: la sede de la Soberanía Nacional es ya cadáver. Convertido el Parlamento en un camarote marxista-separatista, en un pinganillo patético y andrajoso, todo cabe por el aliviadero penal del «sanchecismo». Todo cabe menos la prudencia y el buen gobierno. Antaño, los hombres y mujeres de esta tierra de pan y vino hacían amor y familia; hogaño, se hacen la guerra por causa de malandrines cizañeros. Andan los corazones secos y duros como castañas pilongas; las venas sin sangre andan. Por ellas circula julepe y odio. Por las arterias de la Nación circulan pajes de la locura cargados de razones humanitarias.


La nuez y el campanario.
Una corneja cogió una nuez y la llevó a la punta de un alto campanario. Sosteniendo la nuez con las patas, el pájaro la empezó a picotear para abrirla; pero, de pronto, la nuez rodó y desapareció en una hendidura de la pared.
―¡Pared, buena pared ―suplicó entonces la nuez al verse liberada del pico mortífero de la corneja―, en nombre de Dios, que ha sido bueno contigo haciéndote tan sólida y alta, rica en hermosas campanas que suenan tan bien, socórreme, ten compasión de mí! Yo estaba destinada a caer bajo las ramas de mi viejo padre ―continuó― para descansar sobre la tierra fértil cubierta de hojas amarillas. ¡No me abandones, te lo suplico! Cuando estaba en el pico de la feroz corneja hice un voto: si Dios me concede escaparme de ella, prometo terminar el resto de mis días en cualquier rincón.
Las campanas, con un leve murmullo, advirtieron a la pared del campanario que fuera con cuidado, porque la nuez podía ser peligrosa; pero la pared, movida a compasión, decidió hospedarla, permitiendo que se quedase donde había caído.
Sin embargo, en poco tiempo, la nuez comenzó a abrirse y a echar raíces entre las grietas de las piedras; después las raíces crecieron, alargándose entre las piedras mientras las ramas asomaban fuera del agujero; y crecieron las ramas y se robustecieron y se alzaron hasta el campanario, y las raíces, gruesas y retorcidas, comenzaron a abatir la pared, derribando las viejas piedras.
La pared se dio cuenta demasiado tarde de que la humildad de la nuez y su voto de quedarse arrinconada no fueron sinceros, y se arrepintió de no haber escuchado el sabio consejo de las campanas.
El nogal continuaba creciendo, fuerte e indiferente, y la pared, la pobre pared, seguía desplomándose. (2)




(1) De Alonso Cabrera. Recogido por Ricardo León en las páginas 76 y 77 de su libro «Los Caballeros de la Cruz». Editorial Victoriano Suárez. Madrid, 1942.
(2) «La nuez y el campanario», en la página 78 del libro «Fábulas y leyendas», de Leonardo de Vinci. Editorial Círculo de Lectores. Barcelona, 1973.

sábado, 19 de octubre de 2024

El doncel sin vergüenza. 1973.



La composición de hoy encierra tres elementos: el niño, el adolescente y la estación de «Breve encuentro», film del que ya he comentado algo. No toca en este instante hablar del primero ―el peque―, sino del segundo: el púber a lo Tony Ronald con su pelo largo y raya al medio, con su camiseta en rojo bermellón, de cuello vuelto y ceñida, con sus pantalones amarillos de terciopelo, ajustados hasta las rodillas y terminando en descomunal campana, y con sus zapatos mochos de plataforma, sin igual tortura de manías setenteras; el doncel sin vergüenza nacido al mundo con rebozo psicodélico, cargado de hormonas y enamoramientos sin embocadura, de sueños apresurados e ideales tuertos, mancos, paticortos. De igual modo quiero traer a la palestra el año en que inició su andadura, 1973, año crucial y en muchos aspectos semejante al 2023: ambos tienen su estanflación y su guerra de Oriente Medio en octubre, y esperemos no se cumpla el magnicidio en diciembre.

Sea como fuere, no creo en absoluto que vivir consista en un perpetuo caer en lo mismo. Si tropiezo con la piedra de siempre no es obra de la fatalidad, sino que no presto atención: no veo ni oigo, ni me llama comprender lo que sucede; miro deprisa queriendo abarcarlo todo, sin detenerme, lo que me impide percibir los detalles, las menudencias, y así no hay perchas en que colgar lo vivido. Y sin memoria de mi paso por el mundo, sin raíz, añoro y estoy a merced de los amos del relato. Ergo «despacito y buena letra».

Antes de proseguir, quisiera recordar a mi amigo Máximo ―Máximo Casado Carrera (1)― quien fue víctima del siempre y por siempre maldito terrorismo etarra, el veintidós de octubre del 2.000. Fuimos leales condiscípulos en «La Normal» de León, cuando ambos iniciamos Profesorado de EGB en 1977. Aún recuerdo su letra clara y pequeña, con suave presión de trazo, signos inequívocos de persona grata y sincera. Éramos, entonces, poco más de cien alumnos de Ciencias en el turno de tarde; era directora doña Manuela, quien impartía Física en el 2ª Curso. Para financiar mi afán de proseguir mi formación estudiando, ya que la beca de Mutualidades Laborales se me había esfumado por hacer de simio revoltoso, me tocó bregar como peón de albañil en una obra de la calle Astorga. Tenía las clases de cinco a nueve y abandonaba el tajo a las seis y media, por lo que salía corriendo para estar allí a las siete menos cinco. En llegando lo primero era pedir, entre los compañeros, novedades y apuntes de las dos clases anteriores; tarea en cierto modo deprimente por razones obvias. Menos mal que Máximo, haciendo suyas mis dificultades, me ayudó. Gracias a él superé, sin ahogos, nueve de las diez asignaturas en junio.

Recupero 1973. Mejor aún: me voy a 1972, a finales de junio. Desnortado y herido estaba en aquel momento, y con catorce ―mi número favorito; el de Cruiff en su camiseta―. Catorce agostos tengo y soy contratado en el Grupo FábricaHVL― como «pinchín», tal era la denominación que me daban los Atilano y compañía del taller, mi primer destino; luego di vacaciones al pinche de Competidora y al de don Mauricio. Finalmente, para terminar el veranillo, sustituí al responsable de las tareas en el Colegio de las monjas y en el Hospital, quien para subir la cuesta de marras se valía de motocarro sin par, ejemplo de ingenio ante la dificultad. De lo acontecido en esa primera experiencia ―como «productor»― en «Nuestra Señora del Camino», recuerdo algún que otro episodio; por ejemplo uno que tiene que ver con la hna. Hilaria. Reservada y exigente, pero correcta en todo momento, me tomó a su cargo durante una tarde calurosísima y le pegamos un repaso de muy señor mío a todos los jardines de la fachada principal, y a la cancha de baloncesto. Le gustaba trabajar, no cabe duda; le gustaba que nadie holgazaneara. A mí no es que me gustasen la escoba, la pala y el rastrillo, pero se me daban bien y uno termina, con el tiempo, apegándose a lo que bien se aprende y da de comer. Sin embargo, aunque no me pareció del todo mal ese agudo celo a la hora de controlar mi labor, creo que se pasó catorce pueblos. Era innecesario: un servidor, sempiterno manso de mansedumbre bien alimentada en la escuela del silencio, no sabía escaquearse.

En fin en fin, paradojas de la vida; sed sin oasis, que sólo hallan remedio en la resignación y en la constante de que «las uvas no estaban maduras» para los «tontos de capirote»; constatación de que a nadie importas y nada puedes hacer. Aun así, no queda otra que seguir en el camino.


Érase una vez una piedra bella y grande, a la que durante largo tiempo lamió el agua. Después el agua se retiró, la piedra quedó al descubierto en un lugar más bien alto, justo donde terminaba un bosquecillo umbroso. Desde allí, dominaba el camino pedregoso que corría bajo ella y le hacían compañía muchas frescas y aromáticas hierbecillas salpicadas de flores.
Un día, mirando el camino, sobre el que habían arrojado muchos guijarros para endurecerlo, le vinieron deseos de dejarse caer en él.
―¿Qué hago aquí arriba, en esta hierba? Yo quiero vivir con mis hermanas: me parece más justo.
Y así diciendo, la piedra se movió, rodando hasta abajo, terminando su rápido recorrido justo en medio de los guijarros cuya compañía tanto deseaba.
Por el camino pasaba de todo: carros con las ruedas recubiertas de hierro, caballos pateadores, campesinos con botas claveteadas, rebaños; así, la hermosa piedra se encontró de pronto en apuros: uno la golpeaba, otro la pisaba, aquél le arrancaba una esquirla; a veces estaba sucia de barro, otras veces emporcada por el estiércol de los animales.
Mirando hacia arriba, hacia el sitio de donde partió, la piedra suspiraba, llorando por aquella soledad y deseando, pero ya en vano, la paz tranquila de antaño.
Esta fábula va dirigida a aquellos que del campo, donde pueden vivir en paz, en el verdor y el silencio, se van ciegamente a la ciudad, a mezclarse con gentes llenas de males infinitos. (2)




(2) «La piedra y el camino»; en la página 80 de «Fábulas y leyendas», de Leonardo de Vinci. Editorial Círculo de Lectores, 1973.

viernes, 18 de octubre de 2024

Mucha pluma y poco huevo



Esta mi portada de hoy la conforman dos imágenes: un fotograma de «Breve encuentro» y una fotografía de un servidor. La película, de 1945 y dirigida por David Lean, rezuma virtud y encanto por todos sus poros; llena de luz, sombras y claroscuros, es, si no la mejor, de lo mejor en su género. La instantánea, de 1959, capta la figura de un peque que tartamudea en la vertical, y aun así ―contando no más de dieciocho meses― reclama su derecho a lidiar en soledad con escamas, temores y vértigos. ¿Por qué llevo a cabo esta sociedad? Tengo mis razones: el blanco y negro, pues así veo el mundo cuando cierro los ojos; el niño, ya que a él me debo y sólo en él me hallo; la estación como lugar de paso y prisas, símbolo de las oportunidades perdidas.

Octubre se cubre de terrorismo y equidistancias, de cortinajes de humo, de incertidumbres: ha llegado henchido tras pingorotudos pinganillos de pingüe labia; y en el gallinero, mucha pluma y poco huevo. Van ya una docena de «horas veinticuatro», es la Virgen del Pilar y comienza el tiempo a cambiar, que no la cosa pública. En ella, butifarra y retahíla de consignas sincronizadas y barriobajeras cuyo fin es dictar, imponer, prescribir. El «sanchecismo» se sube al guindo do doctores en mentiras, maldades y manipulaciones buscan apoyos ―mediante conversaciones discretas― para una investidura verdaderamente calamitosa. Se sube a las barbas del «Régimen del 78» calzando amnistías charoladas ―por el Anticonstitucional―, y así «el burro se traga con grandísimo gusto un cardo que ensangrentaría la boca de otro animal menos estúpido.» (1)


La granada.
Una vez, cuando yo vivía en el corazón de una granada, oí decir a una semilla:
―Un día me convertiré en árbol y el viento cantará en mis ramas, el sol bailará en mis hojas y yo estaré firme y bello por encima de todas las estaciones.
Entonces tomó la palabra otra semilla y añadió:
―Cuando yo era joven como tú, también pensaba así, pero ahora que puedo ponderar mejor las cosas, compruebo que mis esperanzas eran infundadas.
Una tercera semilla replicó:
―No veo nada en nosotras que garantice un futuro tan grande.
Y una cuarta semilla exclamó:
―¡Qué sarcástica sería nuestra vida sin la perspectiva de un futuro mejor!
Dijo una quinta:
―¿Para qué vamos a discutir sobre lo que seremos, si ni siquiera sabemos lo que somos ahora?
Pero la sexta semilla apostilló:
―Seamos lo que seamos, lo cierto es que siempre existiremos.
Ante lo cual, una séptima semilla comentó:
―Tengo una idea muy clara de cómo serán las cosas en el futuro. El problema es que no lo puedo decir con palabras.
Luego hablo una octava semilla, una novena, una décima, y así hasta muchas más. Al final todas hablaban a la vez y no podía distinguirse lo que decía cada una de aquellas voces.
Ese mismo día me mudé a vivir al corazón de un membrillo. Pues tiene pocas semillas y casi nunca hablan. (2)



(1) Página 14 de «El asno erudito. Fábula original». PDF, Biblioteca Nacional de España.
(2) «La granada», páginas 42 y 43 de «El loco. El jardín del profeta», de Khalil Gibran. Edimat libros, 1999.

martes, 15 de octubre de 2024

La bigarda

 

No soy poltrón ni perezoso. Criado en Ciñera, pueblo tuyo y mío, aprendí a obedecer; mas, en horas de nadie hacía de mi capa un sayo: jugaba. En ocasiones a la bigarda, que no es contienda de medio pelo sino cáustico adiestramiento para el día de mañana, ese hueso tan duro de roer.

En la bigarda no hay amigos: es una pelea de todos contra todos. El terreno de juego, preferiblemente blando y a ser posible de hierba; la herramienta, un palo acorde con la talla de quien lo utiliza, resistente y terminado en punta: con él se golpea la bigarda —palo corto de unos treinta centímetros— y se cava en las casas-hoyo de los prójimos. Los jugadores se colocan formando una curva cerrada, distanciados unos de otros lo suficiente para ejecutar correctamente lanzamientos y golpeos. Su número no es fijo; aunque ya se sabe cuál es el ideal en todo encuentro lúdico que no sea por equipos: más de tres —Gracias— y menos de nueve —Musas—. Entre todos ellos destaca el tonto útil, por decirlo de alguna manera, que no es sino aquel a quien la china le ha tocado, y que va lanzando el palín al resto, uno tras otro, comenzando por su izquierda y siguiendo el sentido de las agujas del reloj. Cuando el tal realiza un lanzamiento pasándose de listo, para provocar el fallo, ha de repetirlo; si es conforme a las reglas por todos aceptadas y el destinatario falla, se produce un cambio de papeles quedando este último en las tareas de memo instrumental. Ahora bien, pongámonos en el caso de que no yerra el golpe y manda lejos —muy lejos— la susodicha. ¿Qué sucede? Que al lanzador le toca correr. Y corre que te corre a todo trapo —y con el alma en vilo— tras el dichoso palico de marras; corre que te corre visiblemente angustiado del estropicio en su agujero, zanja o socavón mientras el resto de jugadores, a dos carrillos, se meriendan el emplazamiento-bujeril del menda corredor: cavan que te cavan y roban que te roban la codiciada tierra, que amontonan junto a sus respectivos aposentos-gujerados. Con todo, en el supuesto de que nuestro sufridor necesario recuperase la bigarda en un periquete, y fuera diestro para lanzarla y acertar con alguno de los bujeros-casa, el dueño del mismo se convertiría en el nuevo bobo para todo.

La pugna concluye —o abre las puertas del hasta aquí hemos llegado— si lo rubrica el que peor está respecto al volumen de tierras y tamaño del estropicio de la hoya (o cuando cae la noche y aparecen las luciérnagas). Pues bien; concluido el toma y daca —lanzamientos, golpeos, carreras, cavados, portes, piques y demás—, se hace inventario: quienes no sean capaces de rellenar sus respectivos abujeros, pierden; quienes sí, ganan, son los vencedores. Ellos pondrán la guinda de la siguiente manera: en tropel bochinchero —cual manada, jauría o cosa del infierno— correrán tras los infortunados y —sin pega pija ni achicadura humanitaria— les arrojarán sobre la espalda el sobrante de su acción predadora.