«Yo soy un ignorante, pero he leído algún libro. No te lo creerás, pero todo lo que hay en este mundo sirve para algo. Hasta esta piedra, por ejemplo. No sé para qué sirve, pero para algo ha de servir; porque si fuera inútil, entonces todo sería inútil… incluso las estrellas. Al menos eso creo.» (De la película La Strada)»
Con un fotograma de la susodicha «peli» —metáfora sobre el sentido de la vida— y una vieja fotografía del álbum familiar, he compuesto esta cabecera. Si en «De Málaga a Malagón» cuento la llegada de José a la cuenca minera del Bernesga, en «Abismos de incertidumbre», que ahora me ocupa, conjeturo sobre su desazón ante lo que se le aparecía en aquel espacio de silencios y carbón, durante la primera jornada.
Era septiembre de 1954 cuando Fellini, en Italia, estrenaba su película. En La Vid de Gordón, varias semanas después —quizás el lunes cuatro de octubre— inauguraba José una estrada, ese «camino o vía que resulta de hollar la tierra» (1); una estrada que resultó determinante. Hasta ese día, la rota o derrota seguida por él había sido arar, sembrar y segar, podar y ensarmentar las viñas, mozo de mulas y algún que otro trabajo en la construcción, puesto que la obra pública despertaba con fuerza en los cincuenta. Como jornalero —paupérrimo a todas horas y en todas las estaciones, «moneda que no corre, conseja de horno, escoria del pueblo, barreduras de la plaza y asno del rico» (2)— había recorrido un largo trecho. Y siendo así, que lo era, ¿por qué se mostraba tan nervioso, tan diligente aquel amanecer, con tanta premura y ajetreo? ¿Acaso ignoraba que «más vale al que Dios ayuda que al que mucho madruga» (3)? ¿No sospechaba siquiera que «los últimos serán primeros y los primeros, últimos» (4)? Descaminado y frenético se iniciaba en su nueva trocha el andante descamisado: que nunca el ansia llenó despensa sino Tiche, la diosa que gobierna el sueño de los mortales. Mas, siempre «habrá quien se alabe que tiene echado un clavo a la rodaja de la fortuna» (5); en ningún tiempo, José, cuyo juego era leal y sin fullerías, encomendándose «a Dios, que Él es el sabidor de las cosas que han de suceder en este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde apenas se halla una cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería» (6).
Pero aun siendo verdad verdadera este mal mundo que tenemos, que viva, pues no hay otro; y viva la gallina, aunque sea con su pepita. Con «su Nieves» en el magín, y su primer vástago a cuestas, dio el manchego un paso al frente; y así, con un chimbolero de dudas en la sesera, temprano estaba rodando por el suelo en busca de los garbanzos. «Temprano madrugó la madrugada» (7). A eso de las ocho. Arisco y lóbrego de inmensa lobreguez presentaba su rostro el cielo. Con chaparrón a la vista y sin paraguas, caminaba José cosido a la sin par carretera, llena de parches y con aspecto adoquinado. A su izquierda vio un puente delgaducho (con cara de haber pasado hambre de hormigón) sobre las aguas del Bernesga, que transcurrían lentas y flacas pues las lluvias de otoño estaban por venir; a su derecha, las vías del tren y la cantosa cantera con su desapacible y enervante sirena. Muy lejos de aquel lugar, vagaba su espíritu. Congojado y pensativo iba por su camino adelante considerando la envolvente maraña, el lío, el embrollo, la burundanga en que se metía, y no vislumbraba escapatoria. Quizás en aquel momento se viese tentado de volver a su antigua libertad; buscar la vida pasada, huir como fuese de la galera donde todo era remar y remar a ningún puerto; perderse como una sombra entre las sombras, escabullirse como un fugitivo cuyo plan de vida no va más allá de horas veinticuatro.
Sin embargo, con eso y todo «bien se está San Pedro en Roma: quiero decir, que bien se está cada uno usando del oficio para que fue nacido» (8). Bien está el mundo dando vueltas en el vacío, y cada criatura sabiendo el andurrial que le corresponde; y bien estaba José buscando el porvenir, aunque fuese adentrándose más y más en derroteros ásperos y peludos, que le exigirían más sangre, más esfuerzo, más lágrimas y más sudor de lo imaginado, pues la mina de aquellos años era implacable. Curtido estaba, eso sí. Desde que un día de 1928 fuese arrojado a la vía muerta de los desechables, hizo de la necesidad esfuerzo y ganas de vivir; aunque por herencia le vinieran trabajos y tragantonas, escamas y temores; aunque la ocasión de salir a flote se le apareciera siempre calva. Aun embarrancado, aleteaba sin alas bajo un «cielo negro».
Curtido estaba: venía de trabajar en la presa del Cenajo. Quedan estas fotografías del álbum familiar como testimonio.
Quisiera escribir el despidiente y con él acabar este capítulo, pues ya es hora. Para ello, creo me servirá comentar sobre la leyenda negra del Cenajo (a siniestras y de prisa y deprisa elaborada por los del «fango, fango, fango», por los que «tiran la piedra y esconden la mano», por los que a tuertas nos gobiernan):
Hic et nunc. Aquí y ahora doctores en historias de pacotilla —mozos de cordel— buscan gloria y remuneración en un periquete, apuntándose al carro del mago Periquillo. Estos zarramplines de tres al cuarto, cuando no hallan luz en el estudio (porque se cansan), la buscan en minucias perversas y olvidadizas de doña Inquina. Mi padre —José—, que trabajó en el pantano del Cenajo durante algún tiempo —1953 y 1954 incompletos—, contaba el accidente recogido por el Diario ABC (14/01/1954) en el que murieron tres trabajadores: Miguel Ballesteros, natural de Chinchilla y con 21 años, Pedro Morillas y Pedro Martínez, vecinos de Yeste y asimismo veinteañeros; y nos lo contaba, digo, a su manera, cuando el gélido viento del norte nos congregaba en torno a la estufa de carbón (hulla noble y entrañable: la mal «pagá» del tontaina siglo de molinillos y «patanetes»). Contaba que los había visto caer al vacío. Contaba, lleno de amargura, que habría sido él uno de los elegidos por la fatalidad en aquella triste jornada, si no hubiese hablado por su boca un no sé qué; si no le hubiera dicho al capataz: «no, yo no subo tan alto con esos aparejos»… Ahora bien, lo que nunca nos contó fueron historias sobre presos cuyos cuerpos eran sepultados en el hormigón, y eso que mi padre perseveraba con asiduidad en ese veneno de la onda corta: La Pirenaica.
Hogaño dibujan rabo y hocico y largas orejas, con malvadas intenciones, a los protagonistas de una época, la de Franco, lo mismo que antaño se hacía con «los rojos». Nada cambia «en este país»: urdir malas telas, que vistan de bruto al otro, es de cada día pan nuestro. Aquí y ahora, la izquierda carpetovetónica (más allá de la razón, más allá del bien y del mal, el non plus ultra de la estupidez humana) con su grosera e imaginaria superioridad moral se adueña del pasado para controlar el presente y diseñar el futuro a su imagen y semejanza. Estos «don Éboles» salvadores desarrollan el arte de olvidar los asesinatos en serie de los «don Terneras», mientras reavivan el resplandor —el recuerdo— de una guerra provocada por los suyos. Todo les hace gracia, de todo se mofan; todo produce ganancias con tal de perpetuarse y destruir el «régimen del 78». Estos «Ébola» del diablo dicen ahora del Cenajo que es una tumba. Si tuvieran la más mínima posibilidad de hallar restos humanos en las entrañas de la presa, ya se habrían puesto manos a la obra, puesto que la tecnología para descubrir lo que tan maliciosamente denuncian está disponible. Sin embargo, no lo hacen. ¿Por qué? Porque se quedarían sin cizaña que sembrar.
Vale.
(1) Diccionario RAE.
(2) En la página 241 de «Guzmán de Alfarache» (primera parte), de Mateo Alemán. SA de Promoción y Ediciones. Madrid, 1980.
(3) En la página 885 de «Don Quijote de la Mancha» (segunda parte), de Cervantes. RBA Editores. Barcelona, 1994.
(4) Mateo 20: 16-17
(5) En la página 765 de «Don Quijote de la Mancha» (segunda parte), de Cervantes. RBA Editores. Barcelona, 1994.
(6) En la página 701 de «Don Quijote de la Mancha» (segunda parte), de Cervantes. RBA Editores. Barcelona, 1994.
(7) Verso de Miguel Hernández.
(8) En la Página 1020 de «Don Quijote de la Mancha» (segunda parte), de Cervantes. RBA Editores. Barcelona, 1994.