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domingo, 24 de febrero de 2019

Hno. GRACILIANO


       En el principio fue la Química y la Química estaba con la vida, y la Química era la vida. Ella estaba en el principio de todas las cosas. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.






     Héteme aquí, ante las negras teclas, negras como el porvenir, buscando en mi ordenador; y así, cual pajarito sin cola que torpemente aletea sobre función afín, encuentro en la revista H151mar73 el artículo siguiente… 

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        Y como me siento incapaz de no añadir, pues la vida es una caja dentro de otra (y todas vacías) que vamos abriendo y comentando, saludo a nuestro reportero con un ¡hola! gigante. Tras casi nueve lustros, volvemos a encontrarnos milagrosamente:
-Buenos días, estimado M.C.T. 6º de Bachiller -dice un servidor, de 4º-. No. No me lo creo. Y buenos palos te merecías.
-¿Por qué?
-No me imagino travieso al niño Graciliano; no cabe un mejunje químico del tipo vino/lejía en su cerebro... Te cuento lo que hicimos en el laboratorio en torno a la bebida que salvó a Ulises de Polifemo: Práctica 1.- Disolvemos carbón activo en vino y lo hacemos pasar por papel de filtro (doblado y recortado convenientemente para colocarlo en un embudo). Resultado: incoloro. Práctica 2.- Con el alambique destilamos vino y obtenemos…

       (Amanece. Despunta cojitranco el día sobre la savia nueva, resbala, gimotea, pero vuelve una y otra vez al genio catalizador que nos demuestra la SOLución: esforzarse.)

       Lo recuerdo bien. Don José, Tutor de 4º y profesor de Latín, entra en clase. Sin subirse a la tarima y jugueteando con un manojo de llaves, tal y como hacía siempre, nos dice: "Ya tenemos un DOCTOR EN QUÍMICAS". 

       Hno. Graciliano. Siempre Grande. Tuve la buena suerte de ser alumno suyo en 3º (1971/72) y 4º (1972/73); y la mala (...) de no serlo en 5º, 6º y COU. Aún hoy soy capaz de repetir la Tabla Periódica que aprendí de su mano; aún hoy, sigo agradeciendo los Factores de Conversión.

       No quiero despedir esta humilde nota de cordial recuerdo sin mencionar una pequeña historia. El 17 de junio de 1973, día en que algunos niños de Ciñera recibían su Primera Comunión de manos de Don Florentino (nuevo párroco), en el coro, dirigiendo, estaba el Hno. Graciliano… Para mí, enseñante SUMMA CUM LAUDE. 

jueves, 31 de enero de 2019

DON CARLOS


Los números Naturales son una escalera que nos pone Dios para subir al cielo.





http://revistas.fhvl.es/HORNAGUERA/H145.pdf
                     

http://revistas.fhvl.es/HORNAGUERA/H146.pdf

http://www.fhvl.es/fhvl/images/content/revistas/HORNAGUERA/PH147.jpg

http://www.fhvl.es/fhvl/images/content/revistas/HORNAGUERA/PH147.jpg

      En estas páginas de Hornaguera, escritas por Don Carlos en 1972, leemos: “muchas veces justificamos nuestros actitudes con nuestros ideales”. ¿Tenía razón? Es evidente: Todo ideal es una coartada; ningún ideal nos hace mejores; sin ellos, la vida racional sería posible; son las equivocaciones (y el esfuerzo) lo que nos enseña realmente... Luego, no busquemos excusas: BUSQUEMOS SOLUCIONES.

MATEMÁTICAS DE SIEMPRE, DIDÁCTICA DE HOY”. Estas palabras, que para sus alumnos de COU escribió nuestro viejo profesor de Matemáticas, son un espejo en el que lo veremos siempre reflejado (a un autor se le conoce analizando su prosa). Fui alumno suyo en los cursos 1º y 2º de Bachillerato Elemental, y puedo decir que nunca noté que hiciese un corte brusco entre la Vieja Matemática y la Nueva. Su actividad de ROMANOS Y CARTAGINESES desarrollaba en nosotros tanto el cálculo mental y la memoria como el orden y la claridad; pero, sobre todo, hacía que brotara la pasión.

      Pasión por las Matemáticas sentía Don Carlos. Y pasión por el balonmano, que sabía transmitir a sus jugadores para ganar partidos en el último suspiro (léase la crónica deportiva que adjunto).

     Quiero agradecer al Colegio Santa Bárbara que me haya dado los dos mejores Profesores de Matemáticas en mi etapa estudiantil: DON CARLOS y el HNO. GRACILIANO. Y para terminar, estas frases: “Siempre hay que rectificar donde existe un error. Siempre hay que actuar sobre la base de un pensar. Siempre hay que sumar donde hay que amar.” (Don Carlos)





domingo, 27 de enero de 2019

Don Victorino




    Ciñera, un instante congelado de los trabajos de construcción de la Casa de Cultura. La fotografía es de Don Feliciano, quien la hizo el día que celebramos la fiesta del Colegio en el Faedo y en el campo de fútbol, con fecha 19 de mayo de 1970.



       En un espacio de silencios y carbón estuvo Don Victorino, cura obrero; eran “los sesenta”, década llena de prodigios. Aquellos diez años vieron la luz con sotanas negras y vientos del norte, temor y temblor; finalizaron en 1970,  cuando el pastor de almas decidió subirse al andamio del Vaticano II. En aquel pueblo mío, ¿qué cosa rara estaban regalando tiempos de Concilio bajo un cielo cazurro y tacaño? Nunca lo sabremos, pues, de lo acontecido, unos hacen mito y otros quieren olvidar. “Servidor” no desea nada sino jugar con el niño que me habita, recuperar sin resentir, amar el ayer.

     Recuerdo muchas cosas: unas verdad y otras mentira (pero no importa). Guardo vivas imágenes de mi Primera Comunión, cuando el altar de nuestro templo estaba presidido por un gran frente de madera tallada, con sus hornacinas para dar calor y cobijo a nuestro San Miguel Arcángel, a nuestra Santa Bárbara y a la Virgen María, y en el centro, Cristo en la cruz. De la catequesis perviven dos tardes primaverales: una, en los primeros días de mayo, recogiendo “zapatitos del niño Jesús” en “el Gotero” para depositarlos tras el maravilloso retablo; otra, vísperas del 27/05/1965, en la iglesia, donde sentados en los primeros bancos éramos interrogados por Don Victorino. Aparte de las preguntas del Catecismo, nos hacía las que los buenos maestros utilizan para relajar el ambiente. Recuerdo una muy especial: “¿Cuántos vais a ser curas de mayores?”… Creo que todos levantamos la mano.




     Hoy, anida en mi corazón la historia tierna y amable del cura de mi pueblo; aunque mi razón choque con las ideas que tratan de cambiar lo imposible. Hoy sé que nada sucede sin causa: siempre hay un algo lejos, alguien que mueve los hilos. Tal vez todo comenzase un veinticinco de enero de 1959, fecha en la que Juan XXIII anuncia a los cardenales, en la basílica de San Pablo Extramuros, su propósito de convocar un Concilio; acaso fuera Pablo VI aceptando de nuevo el movimiento de curas obreros nacido en los cuarenta; quizás fuera la HOAC, germen de USO y Comisiones Obreras, o las muchas lecturas en libros de la editorial ZYX. No lo sé. Pero estoy seguro de una cosa: Don Victorino, cura obrero de un pueblo de las montañas, hizo lo que su conciencia le presentaba como bueno.

     Él vivió dos lustros de su sacerdocio en Ciñera de Gordón, el pueblo de mi memoria.