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domingo, 17 de enero de 2021

Odisea en la noche

 







Vives cual pajarín en invierno: buscando sobre la nieve miguitas de pan blanco; vives culpable, sombrío, atenazado en una mazmorra de credos pardillos; vives la gravedad ceñuda de un tiempo averiado. Las aguas turbias y cautivas vives, la poza tuya y mía, y el charco de un domingo por la tarde, primaveral domingo en que aun yendo a misa la suerte hosca, negra y vengativa te sale al paso. ¿Duerme la siesta el ángel de la guarda?

─Hablas tintorerías. ¿No entiendes que con menos ruido se entiende la gente mejor? ¡Corta el rollo, cara repollo!

─Abre la boca el paniego y asoma la corteza. ¡Que se me mueven los mofletes, amigo Locomotoro! Aunque la verdad es que aciertas: hablo sin ton ni son. Pero si no encerrara el miedo en ¡palabras, palabras, palabras!, me comerían el alma cojijosas sombras. Lo siento… Permíteme una pregunta: ¿Lo de repollo es por las ensaladas invernales de poca sal en la mollera y mucho vinagre?

─¡sssssss…! Eres malo; eres un ratón: siempre raca-raca como una carraca vieja. Pareces listo como Calixto pero eres tonto, muy trompo, como un burro que da vueltas en la noria y no sabe por qué. Pareces una gallina clueca, siempre cacareando... Has de saber que a mí me gusta la ensalada con repollo y nada más, ¡es lo que hay! Sé que la tuya es de lechuga, tomate y zanahoria, y aguacate pijotero, todo ello sin sal, con limón y aceite de oliva. Todo un esnobismo de pacotilla. A mí no me gusta la tuya y a ti no te gusta la mía: a cada uno lo suyo, a cada tiempo su cuento. ¡En paz! Lo mío es de los sesenta y lo tuyo del XXI, siglo virulento, chinesco y chulesco, sabihondo y exagerado, muy de sobrepeso… ¡Viva el tal, repolludamente hablando!

─¡Qué genio! Nadie lo diría: pareces un abogado de secano. Sin embargo, vuelves a tener razón. Perdóname.

─Perdonado, si es que hay algo que perdonar. No soy cura, ni curo los males de los que se quedan calvos. A ti te lo digo, cara de higo.

─¡Cuánto aroma de mohosos modos, cuánta retahíla de frases con soniquete!

─¡ssssssilencio!

─¿A dónde vas? No deberías haber salido. ¿No ves que todo está lleno de charcos?

─¡A ti no te escucho, cara cartucho! Es domingo.

─Tras una tormenta nunca jamás se anda por la calle: puedes tropezarte con lo que ignoras. Ha caído una buena y se han llenado de pozas los márgenes de la carreterina. ¡Te vas a romper la crisma

─¡Cállate!, pájaro de mal agüero.

─¡Haz el favor! Camina por el centro y no mires a la izquierda. Donde vas yo me lo sé: te queda una peseta y quieres comprarte diez natas en Ca-Evarista.

─Haré lo que me dé la gana; compraré lo que a ti no te importa! ¡Tostón!

─Estoy torrado, frito, tostonero; sueno a zambomba, pero vuelve a casa. ¡Por favor! Sé lo que te sucederá… Vivo apaleado, mareado, cansado de tanto sigo y sigo a ninguna parte. No sé. Únicamente quiero cuidarte, cambiar lo que cambió mi destino, que las cosas dejen de moverse a mi alrededor. ¡Quiero que no camines por la siniestra ruta del maldito accidente! Compréndeme. Lo que te digo es importante: debes atender mi ruego, para que todo sea diferente. ¡No vayas por tu zurda, no saltes el maldito lagunajo liliputiense! Resbalarás.

─¡Cállate, calla, calla… sssssss…!

─¡Has resbalado saltando el maldito lagunajo! Te has golpeado la nuca en el infausto cemento. ¿Y ahora qué? Muerto de rojo y negro. Sin luz.

─Todo huele a humo pedregoso. El sol entró en mi cráneo y de repente, la noche más oscura de todas.

─Se te acerca un vecino del pueblo: "¡Despierta, chaval. Despierta! ¿Estás bien?"... Veo que te levantas y caminas… Caminaremos siempre a cuestas con el solitario vértigo, dando tumbos, por trochas y veredas.

─¡Cállate, calla, calla… sssssss…!

─¿Quién te ha despertado para seguir viviendo la nada en este valle de fatigas?

─¡Nadie!… Un pardalín.

─¿Un qué?

─Un pobrecito con alas, que se posó y no tuvo suerte.

─¿No tuvo suerte?

─No. Se murió. Lo maté sin querer con la escopeta de perdigones.

─¡Sin querer! Con la escopeta de perdigones... ¿tú?

─Fui yo: disparé creyendo que fallaría, como siempre; pero no. Aquello me puso triste, muy triste. ¡Maldito seas! … ¡Vete! No me hagas daño.

─No puedo irme de tu lado.

─Eres un malvado pelele que se burla de mí.

─No es verdad. Un ascua soy cuyo brillo, agotado y paticojo, está siendo extinguido por un mundo que no quiere a los viejos.

lunes, 12 de octubre de 2020

La cuna

 


       Naciste junto a un río pequeño, donde abundaban mimbres y zarzamoras; creciste a medias. En Ciñera, charca de mi memoria, viniste al mundo un treinta de agosto de mil novecientos cincuenta y siete. Fecha infausta. En aquel fosco valle de inviernos perennes, blancos y gélidos, había casas bajas mirando a los cuatro puntos cardinales; casonas, la vieja y la nueva; casas nuevas y casas del pueblo viejo. Viviendas que cobijaron a lugareños y a una multitud –animosa- venida de toda España. Hombres y mujeres llevando a cuestas infancias perdidas en una guerra; infancias y maletas de cartón llenas de prisas, temores y anhelos mal dibujados.

El niño

 

    A la misma hora todos los días, gastado por los años y las pesadumbres, busco alivio en el silencio profundo de mis pasos. Es entonces cuando se abre una puerta de las estrellas y veo -cerrando los ojos- el callejón oscuro por el que trota veloz un niño encanijado: blando por dentro, serio por fuera.

       Oigo sus latidos, trémulos y flacos. Vivires apresurados junto a gusarapos y carcomas; una pena seguida de otra pena; un juego perdido en otro juego. La bigarda, el gua, los santos, el trompo, las espadas, el sal-del-bote-cara-dura-sacúdete-feo, el chorro-morro-picatorro, y salta y corre. Siempre carreras. Jugando al pañuelo, al marro y a la pica; yendo a la escuela con el bocado entre los dientes o a los “mandaos”… con la zapatilla dibujada en el lomo. Correr tras futuros hinchados de gazmoñerías fantasmagóricas, tras obsesiones que cavan profundo surco entre ceja y ceja: donde crecen sudores de agonía.



Pan migao

 

   

       Amanece. Corre cachazuda la mañana sobre caminos de bestia, se arrastra de agujero en agujero, y un timorato sol, a escondidas, se atreve por fin a levantar el vuelo. Las cucarachas se han ido a dormir empujadas por la tenue luz. Ya sonó la sirena de las ocho; ya, los trabajos caen sobre las horas. La casa despierta. En el fogón, una botella de leche "Aly" recién despojada de su chapa; sobre la mesa cubierta de hule, tazones gigantes llenos de trocitos de pan; un cazo al fuego refunfuña levemente. Presto ha llegado la brega. Con el albor de las voces andas derecho y te levantas deprisa. Con hambre. (Te habían castigado la noche anterior -a la cama y sin cenar-; en tu habitación, cubriéndote la cara porque no querías ver la oscuridad, rezaste un “Jesusito de mi vida”, escuchado atentamente desde su cruz por el compañero mudo, siempre atento y comprensivo; después, mirando los hilos de luz en el techo y las estrellas que nacen al frotar los ojos, te dormiste.) Deprisa te vistes, deprisa te lavas manos y cara, deprisa y corriendo te peinas el flequillo. Clavado ya en el sitio –tuyo- acaricias un tazón; le añades café soluble y –despacio- leche bien caliente. Ves cómo se ablandan los trocitos de hogaza. Coges la cuchara con tu mano zurda y la colmas –una y otra vez- de zurda esperanza; la besas con tu cándida boca de chiquillo enmarañado. ¡Qué rico el pan migao!