“Un aldeano que toma el gusto a los ochavos y sueña con trocarlos en plata, para convertir después la plata en oro, es la bestia más innoble que puede imaginarse; porque tiene todas las malicias y sutilezas del hombre y una sequedad de sentimientos que espanta… Contando por los dedos, es capaz de reducir a números todo el orden moral, y la conciencia y el alma toda.” (Galdós. “La familia de piedra”, capítulo IV de MARIANELA.)
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miércoles, 27 de enero de 2021
domingo, 17 de enero de 2021
Odisea en la noche
lunes, 12 de octubre de 2020
La cuna
Naciste junto a un río
pequeño, donde abundaban mimbres y zarzamoras; creciste a medias. En Ciñera,
charca de mi memoria, viniste al mundo un treinta de agosto de mil novecientos
cincuenta y siete. Fecha infausta. En aquel fosco valle de inviernos perennes,
blancos y gélidos, había casas bajas mirando a los cuatro puntos cardinales;
casonas, la vieja y la nueva; casas nuevas y casas del pueblo viejo. Viviendas
que cobijaron a lugareños y a una multitud –animosa- venida de toda España.
Hombres y mujeres llevando a cuestas infancias perdidas en una guerra;
infancias y maletas de cartón llenas de prisas, temores y anhelos mal
dibujados.
El niño
A la misma hora todos los días, gastado por los años y las pesadumbres, busco alivio en el silencio profundo de mis pasos. Es entonces cuando se abre una puerta de las estrellas y veo -cerrando los ojos- el callejón oscuro por el que trota veloz un niño encanijado: blando por dentro, serio por fuera.
Oigo sus latidos, trémulos y flacos. Vivires apresurados junto a gusarapos y carcomas; una pena seguida de otra pena; un juego perdido en otro juego. La bigarda, el gua, los santos, el trompo, las espadas, el sal-del-bote-cara-dura-sacúdete-feo, el chorro-morro-picatorro, y salta y corre. Siempre carreras. Jugando al pañuelo, al marro y a la pica; yendo a la escuela con el bocado entre los dientes o a los “mandaos”… con la zapatilla dibujada en el lomo. Correr tras futuros hinchados de gazmoñerías fantasmagóricas, tras obsesiones que cavan profundo surco entre ceja y ceja: donde crecen sudores de agonía.
Pan migao
Amanece. Corre cachazuda la mañana sobre
caminos de bestia, se arrastra de agujero en agujero, y un timorato sol, a
escondidas, se atreve por fin a levantar el vuelo. Las cucarachas se han ido a
dormir empujadas por la tenue luz. Ya sonó la sirena de las ocho; ya, los
trabajos caen sobre las horas. La casa despierta. En el fogón, una botella de
leche "Aly" recién despojada de su chapa; sobre la mesa cubierta de
hule, tazones gigantes llenos de trocitos de pan; un cazo al fuego refunfuña
levemente. Presto ha llegado la brega. Con el albor de las voces andas derecho
y te levantas deprisa. Con hambre. (Te habían castigado la noche anterior -a la
cama y sin cenar-; en tu habitación, cubriéndote la cara porque no querías ver
la oscuridad, rezaste un “Jesusito de mi vida”, escuchado atentamente desde su
cruz por el compañero mudo, siempre atento y comprensivo; después, mirando los
hilos de luz en el techo y las estrellas que nacen al frotar los ojos, te
dormiste.) Deprisa te vistes, deprisa te lavas manos y cara, deprisa y corriendo te peinas el flequillo. Clavado ya en el sitio
–tuyo- acaricias un tazón; le añades café soluble y –despacio- leche bien caliente.
Ves cómo se ablandan los trocitos de hogaza. Coges la cuchara con tu mano zurda
y la colmas –una y otra vez- de zurda esperanza; la besas con tu cándida boca
de chiquillo enmarañado. ¡Qué rico el pan migao!


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