miércoles, 9 de octubre de 2024

«De Málaga a Malagón»

 

En 1954 Grace Kelly rodaba la que fue su despedida: «Country girl», estrenada en España con el título «La angustia de vivir». En el cine «Emilia» de Ciñera —pueblo umbroso y montaraz—, la proyectaron en 1964 junto a otras de parecida excelencia (por ejemplo, el 12/01/1964 se vio «La ciudad cautiva», protagonizada por David Niven; el 14/03/1964, «Una lección de amor», dirigida por Ingmar Bergman; el 13/06/1964, «Juicio Universal», de Vittorio de Sica; el 20/09/1964, «Matar a un ruiseñor», con Gregory Peck).

En Chinchilla de Montearagón, cuando aún el incienso de una guerra fratricida impregnaba los ánimos, un hombre, forzado por no se sabe qué (posiblemente la infausta precariedad, o el ansia de correrías que alberga la inmadurez; o quizás engatusado por las interesadas entelequias de algunos de sus «paisanos» (1), que habían regresado para disfrutar las fiestas del cinco de agosto). El caso es que toma una decisión característica de aquel periodo: emigrar. Y así, embarcado en la aventura menos heroica, la de sobrevivir —con veintiséis años, casado y con un chiquillo de casi doce meses—, debió de conjeturar que no le quedaba otra que seguir la estrella del norte: hacerse minero en las montañas de León. En 1954. (Algo parecido a mezclar berzas con capachos o churras con merinas; que bien poco se parecen los crepúsculos manchegos —cargados de arreboles y bien dibujada su línea de horizonte— a las vaporosas y «morrongueras» luces al alba, y noches prematuras, de los recónditos valles gordoneses.)

Y se aplicó en el desatino como nadie, y nadie fue capaz de quitárselo del magín, ni siquiera su esposa; y nadie sabe, a día de hoy, si liar los bártulos con tanta premura fue «lo mejor», pues nadie vislumbra esa «realidad en la que todo está imbricado en todo y el acontecer fluye como una correa sin fin» (2). ¿Fue la guedeja de la ocasión que se le presentó sencillamente humo, del que se agarró para sobrevolar el atascadero en que vivía? Con todo, «el acierto o el error recaen sobre la vida entera, de la cual se siente uno, hasta cierto punto, responsable. Sólo hasta cierto punto, porque esa vida no es "creación", ya que se recibe, se encuentra uno en y con ella, y se hace con las cosas, que en principio no están en la mano de uno y pueden ser decisivamente adversas» (3).

En y con la desesperanza se topó «ese hombre» al tocar suelo en el apeadero de Ciñera. Llegó con poco ato, atado de pies y manos y henchido de sinsabores (a ochocientos kilómetros quedaban mujer e hijo a la espera). Se dirigió a la casa —en La Vid de Gordón— de los inspiradores de la mudanza, beneficiarios y benefactores del trajín en curso, quienes le proporcionaron comida y cama por un módico precio. Tras el largo viaje, a plomo cayó sobre el camastro de su modesto refugio. Estaba cansado. Apagó de un soplo la engañosa luz que la patrona le había puesto sobre la mesilla de noche y miró, buscando quietud, al «séptimo cielo»; mas, en ese instante, un charco de tristezas se apoderó de sus ojos y le hizo entrever el rostro ceñudo de la angustia, el abandono, el fracaso, la preocupación. «Salir de Málaga y meterse en Malagón» no parecía un buen negocio. Sin embargo, ¿qué interés habría de tener el Hacedor de todas las esencias, para llevarle de bien en mal y de mal en peor; a él, hoja seca de un árbol «desahuciado del mundo y de la gloria» (4)? ¿Por qué temer lo que puede y debe suceder? Él no pedía cotufas en el golfo, cosas imposibles; no pedía nada que no fuera humanamente accesible. Pedía levantarse del polvo de la tierra, con su esfuerzo. Sin más.

Y sin menos. «El inmigrante no es simplemente el que se ha ido y ha llegado, sino el que han echado objetivamente mediante el paro y el hambre y que llega a un lugar inhóspito y desconocido para él donde tendrá trabajo y donde pasará menos hambre, pero que pertenece a los mismos que lo expulsaron de su tierra. No obstante, la diferencia es que, en términos individuales, se puede uno escapar de la relación de explotación con mayor probabilidad en el punto de inmigración que en el origen» (5). Esto último él lo presentía, y apostó por el brinco, por la cabriola, «por el cambio»; que habiendo nacido libre no habría de vivir en hoto de otro, sino fiado de sí mismo. Incomprensiblemente, la duda se le apareció en llegando a «la tierra prometida». ¿Se había equivocado? «Después de haber hecho algo, se tiene la impresión imperiosa de haber podido hacer otra cosa» (6).

José —así se llamaba «ese hombre»— quizás no viera otra posibilidad e hizo camino andando y dando palos de ciego. Ahora bien: si persistir entre los suyos con lo suyo —la vida en el campo— era complicado, pues la economía española de aquella década se mantenía «gracias a que el conjunto de los jornaleros agrícolas [recibía] una masa salarial por debajo de los niveles mínimos de subsistencia» (7), desarmar el nido y levantar vuelo —sin alas ni trampolín— no lo era menos. De haber contado hasta diez José, ciertamente «su Nieves» (8) no habría sufrido destierro, que tan abrupto resultó de principio a fin; de haber decidido con la flema y reposo que los bueyes caminan, otro hubiese sido el cuento. Mas, en fin en fin, no hay ucronías que valgan en este ayer imaginado. No hay más: el pobre anda estaciones para vivir trabajando, que no es poco; que siendo de toda imposibilidad imposible cambiar el rumbo de las cosas, mejor armar la paciencia —esa «virtud en que habíamos de estar siempre pensando con grande vigilancia para resistir las tentaciones que nos atormentan dentro y fuera» (9)—. Mejor llegar al ancladero que hundirse en tempestuosas manías, fobias y malquerencias de clase. «¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes!» (10).

Volviendo a José, decir que aquella noche durmió poco y mal; perdido en una espesura de sombras y envuelto y revuelto en indómitas pesadillas, fue incapaz de sosegar. Ni siquiera el colchón de borra le borró la sensación de náufrago. A la deriva en una poza preñada de silencios y carbón, desamparado de las armas y sin dinero, dolido y harto de historias, temeroso, habría de sacar fuerzas de flaquezas; que teniendo sólo dos manos no caben fachendas de señorito. Si la diligencia es madre de la buena fortuna, y si en la tardanza está el peligro, ¿qué hacía tumbado en la cama como un muerto? ¡Arriba, «españolito que vienes al mundo»!…

El aroma de algo parecido al «néctar de los dioses blancos», con más achicoria de lo apetecible, le invitó a salir de su tabuco; aún no había sonado «la sirena de las ocho». Sobre la mesa de la cocina, el ama le puso un tazón lleno del mencionado sucedáneo, al cual José añadió un chorro chico de leche condensada; también le había puesto una hogaza de «la Socorro». Cortó un trozo con «herramienta de Albacete», que siempre a mano tenía, y moja que te moja desayunó con gusto, pues no hay «pan duro» cuando se tiene hambre verdadera.

En latiendo la cantera —ruido y polvo, polvo y ruido—; a eso de las ocho, salió José a la «calle sin sol». Sintió escalofríos. (Por el camino del cementerio, melancólico bajaba «Lorenzillo» con ratoniles rayos, señal de agua: se despedía «el veranico» de San Miguel; octubre, llorando, anunciaba el largo invierno de León, que aleja pulgas y piojos, mitiga tufos y congela el habla.) No había traído ropa de abrigo; pero ya se las arreglaría. Levantó el cuello de la americana y con gesto ceñudo —como queriendo espantar males de ojo y piedras del camino— se puso en marcha. Estando como estaba en el fondo del fondo de un fangal rodeado de peñas y riscos, no le quedaba otra que seguir de frente y llevar a buen término su propósito. ¡Ni un paso atrás! Con una idea fija en mente —acercarse hasta las oficinas de la HVL— caminaba conforme a las indicaciones que le había dado la patrona: todo recto sin salirse de la carretera, y en llegando a Santa Lucía, descender por la calle de la estación unos cien metros. Parecía sencillo.

«Cada generación tiene su misión y no necesita hacer tan extraordinarios esfuerzos, que lo sea todo para la anterior y la siguiente. Cada individuo de una generación tiene, como cada día, su carga especial y bastante que hacer con preocuparse de sí mismo» (11). Efectivamente: con ellos mismos, y la venidera prole, mis padres tenían suficientes quebraderos. Habían hallado una puerta de salida, pero ésta les conducía del laberinto a un «cielo negro»; ilusionados lidiaban, pero en medio de la corrida la muleta se transformaba en sierpe, contrariedad y embarazo. Ellos vivieron «tiempos difíciles»; por supuesto, pero ¿cuáles no lo son? Fueron los españoles nacidos entre 1915 y 1945 —«los niños de la guerra», junto a los más jóvenes de la contienda civil— quienes protagonizaron «la andadura de una sociedad particularmente heterogénea, móvil y contradictoria, llena de vitalidad y aspereza» (12); un viaje que transformó a España en «la octava potencia industrial»: un gran avance aun tratándose de industrias «generalmente de tipo sucio, contaminante, [tales] como siderurgia, cemento, químicas, navales» (13), etcétera. «El desarrollo global de la economía española se ha debido sobre todo al enorme potencial de energía acumulado por el excedente campesino en unas cuantas regiones, las más rurales, las que no han levantado cabeza… Este es un hecho clave, sin el cual es imposible entender las vicisitudes de los españoles de la última generación» (14). Y así llegamos a 1975, cuando «el sector terciario empieza a emplear más gente que el industrial, un hecho inédito e irreversible en la historia económica española por cuanto el sector servicios crece con más fuerza» (15). De «la Transición» que nos abocó a la ilusoria —que no ilusionante— democracia, somos responsables, mayormente, los españoles nacidos entre 1945 y 1975 —«niños del pan migao», del pan con vino y azúcar, de los huevos con patatas y del anís en fiestas señaladas—; y somos, además, los agentes nucleares de la penúltima transformación de «este país»: todos «pinches de cocina» y camareros; los «titulados» se van y los «sin título» arriban. Si el vulgar, tosco y populachero rumbo ya se vislumbraba, tal y como indica don Amando de Miguel, jamás creí que acabáramos en puerto tan cutre y desintegrador, tan malandrín. Mi padre arriesgó en 1954 con una mutación radical de su «modus vivendi»; servidor retozó en el vacío votando por «el clan de la tortilla» un 28/10/1982. Posiblemente, ambos cometimos el mismo error de juventud: soñar despiertos.


«Érase que se era, el bien que viniere para todos sea, y el mal, para quien lo fuere a buscar» (16). Había una vez un reino de reinos llamado «Rescoldopicón», un circo, una tramoya, un mercado de naderías donde aprendieron a mentir y les gustó; un país sin espejos en que dando patadas a la realidad ponían «el parche antes del grano», estaban «en misa y replicando» de «donde digo Diego digo digo». En aquella farándula enredadora escupían mocos groseros y fango; y algunas hijas de la ociosidad pinchaban, picaban y picardeaban soltando bufidos, respingos e imprudencias en torno al río Jordán y mar Mediterráneo cual filósofas futboleras. Jugaban a las damas, a la brisca y al tú te callas, y con el futuro de los españoles, en un socavón anejo a «las calderas de Pedro Botero». Y colorín colorado, «de esos lodos vienen estos polvos» (17) irrespirables.

«Todo anda envuelto, todo apriesa, todo marañado. No hallarás hombre con hombre; todos vivimos en asechanzas los unos con los otros, como el gato para el ratón o la araña para la culebra» (18). De nuevo, en andanadas andamos. ¡Volvemos a las andadas! Y andando andando —de quijotada en quijotada— progresamos adecuadamente hacia la cosa dramatizada y solemne. «Se ha pasado aquí y trasladado entre nosotros la discordia del campo de Agramante. Mirad cómo allí se pelea por la espada, aquí por el caballo, acullá por el águila, acá por el yelmo, y todos peleamos, y todos no nos entendemos» (19). De seguir así, serán «llantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias, cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusión de sangre» (20).

¿Democracia este engendro de partidas? ¿Esta cueva de baba batasuna? ¡Que baje Dios y lo vea! Pronto cumplirá diez lustros —medio siglo— este monstruo con diecisiete cabezas, que ha trocado el vivir en un cuadrado redondo del infierno. En aquella madrugada del 20/11/1975 nunca jamás se me hubiera ocurrido que lo que asomaba la patita por el horizonte no era «Libertad sin ira», sino cárcel de rencores, tirrias y ojerizas. Se apartan los riscos, se dividen y abajan las montañas para dar paso al excelentísimo señor de la limpieza. En este adefesio de mayorías «ignorantes, que sólo atienden al gusto de oír disparates» (21), todo es susceptible de empeorar.

«Seis cosas hay que aborrece Yahveh, y siete son abominación para su alma: ojos altaneros, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, corazón que fragua planes perversos, pies que ligeros corren hacia el mal, testigo falso que profiere calumnias, y el que siembra pleitos entre los hermanos.» (22)







(1) En la página 56 de su libro «40 años después» (Mundo Actual Ediciones. Barcelona, 1976) dice don Amando de Miguel: «Se ha exagerado mucho el drama del desarraigo cultural que supone el que el emigrante se aísle de su pueblo o de su familia de origen. La verdad es que ese modelo del emigrante individual no corresponde a la realidad. Lo que sucede más bien es que el emigrante se traslada con la familia, o impulsado por algún pariente que ha dado antes el salto y que le coloca en el lugar de destino, donde enseguida se relaciona con otros "paisanos"...Candel cuenta el hecho de muchas zonas industriales catalanas en las que los inmigrantes se agrupan en bloques de una misma provincia y a veces de un mismo pueblo». Abundando en la misma idea, destacar que fueron muchas las familias, procedentes de Chinchilla y sus alrededores, que se juntaron en La Vid, Ciñera y Santa Lucía. Podríamos decir que formaron una pequeña colonia cuyos miembros, inicialmente, compartían espacios y tiempos, apoyándose.
(2) En la página 14 de «40 años después». Amando de Miguel. Mundo Actual Ediciones. Barcelona, 1976.
(3) En la página 25 de «Tratado de lo mejor». Julián Marías. Alianza Editorial, 1995.
(4) Título que lleva un libro de Torres Villarroel, del que tomaré notas próximamente.
(5) En la página 63 de «40 años después». Amando de Miguel. Mundo Actual Ediciones. Barcelona, 1976.
(6) En la página 24 de «Lo mejor». Julián Marías. Alianza Editorial, 1995.
(7) En la página 55 de «40 años después». Amando de Miguel. Mundo Actual Ediciones. Barcelona, 1976.
(8) Cuando había que referirse al cónyuge o a los hijos, era costumbre manchega utilizar posesivo más nombre. «Su Nieves», decía José. Por la que bebía los vientos. Para ella escribía versos como estos: «A mi querida pequeña: Mira esta foto chiquilla, / porque en ella encontrarás / el corazón de un morito / palpitando sin cesar; / y en sus latidos cobija / tu recuerdo sin igual, / confiando en un mañana / lleno de felicidad. Tu José.» (Un romance tierno y esperanzado. Era el año de 1951; en Inca, Palma de Mallorca; durante la mili.)
(9) En la página 305 de «Vida del escudero Marcos de Obregón». Vicente Espinel. Promoción y Ediciones. Madrid, 1980.
(10) En la página 680 de «Don Quijote de la Mancha». Miguel de Cervantes. RBA Editores; Barcelona, 1994.
(11) En la página 21 de «El concepto de angustia». Sören Kierkegaard. Espasa Calpe Ediciones; Madrid, 1982.
(12) En la página 15 de «40 años después». Amando de Miguel. Mundo Actual Ediciones. Barcelona, 1976.
(13) En la página 69, ídem.
(14) En la página 68, ídem.
(15) En la página 72, ídem.
(16) En la página 262 de «Don Quijote de la Mancha». Miguel de Cervantes. RBA Editores; Barcelona, 1994.
(17) Mal se llevan los miembros —y «miembras»— del Gobierno con el refranero; no dan pie con bola. Si don Sánchez zangolotea por el mismo, el resto remolonea.
(18) En la página 28 de «Lazarillo de Tormes». Promoción y Ediciones. Madrid, 1980.
(19) En la página 549 de «Don Quijote de la Mancha». Miguel de Cervantes. RBA Editores; Barcelona, 1994.
(20) En la página 548, ídem.
(21) En la página 577, ídem.
(22) Proverbios 6: 16-19. En la página 863 de «Biblia de Jerusalén». Editorial Española Desclée de Brouwer; Bilbao, 1977.

Edén «progresista»

 

Con un fotograma del film «Almas de metal» —ópera prima de Michael Crichton estrenada en el año que me ocupa, 1973— y una imagen de un servidor —la de siempre, pues no hay otra de tal periodo en mi «baúl de los recuerdos»— he cocinado este potaje «fiebreril». En el mismo, desde una modesta estoa de «Westworld» contemplo la justa entre robot y ser humano (duelo que a día de hoy va ganando el primero, la mal llamada «inteligencia artificial», esa campanuda «estultosfera» de unos y ceros a la izquierda).

Por la exosfera constitucional anda infecto de prisa el «sanchecismo»; durmiendo está en alguna galaxia babiana «Sensatez». ¿No hay despertar posible? Tal vez no; aunque «siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas, para dar remedio a ellas» (1). Lamentablemente, hogaño son legión las sartenes que dicen a los cazos: «¡Apártate que me tiznas!»; son legión los puentes sin fundamento, que de melindrosas filípicas y ponzoñas llenan la corriente; son legión los «maestros ciruela», que levantan pomposas escuelas para enseñar humanitarismo sostenible a cualquier héroe de antaño; y son legión —«como no podía ser de otra manera»— las «emperimetradas vice-algo», que atiborran de pizpiretas sus actuaciones en el reino de la verdad necesaria, «florido pensil» de sapos y «brotes verdes», limbo desflorado do suelen adormilar la sesera.

En tal edén «progresista» malvivo encadenado al surco cual lechuga perecedera, dormitando a todas horas, mascullando a veces trabalenguas semejantes a otros que aprendí en el «Parvulito de Álvarez» (con doña Pili). Particularmente uno anega de acíbar mi ánimo. Dice así: «España está enmarañada. ¿Quién la desenmarañará? El desenmarañador que la desenmarañe, buen desenmarañador será». (¿Cuándo comenzó a echar raíces tal maraña? ¿Quizás con el asesinato de Carrero Blanco? ¿Acaso en 1957, cuando los Estados Unidos trajeron por la puerta grande, y por la de atrás, propósitos eugenésicos y suicidadores disfrazados de ayuda? ¿Cuánto de lejos anda el acabose?…) Paso las noches sobre ascuas, sin pegar ojo. A dos velas ojeo viejos papeles. Leo. En «La rosa y el capullo», Pedro J. Ramírez dice lo siguiente: «A lo largo de estos años hemos asistido a la ejecución de un plan sistemático, encaminado a controlar la totalidad de los resortes del Estado por parte del grupo de personajes que al amparo del carisma individual de Felipe González se habían asegurado previamente el dominio sobre el Partido Socialista. Al mismo tiempo que iba mejorando la situación económica —en sintonía con la del mundo occidental en su conjunto— disminuían también las garantías jurídicas de los ciudadanos y quedaban neutralizadas, una tras otra, las distintas instancias constitucionalmente encargadas de fiscalizar los actos del poder» (2). Veamos… Si lo anterior hace tilín, «ojo al dato»: el demonio anda suelto (un contubernio de perjuros enmarañadores tiene propósitos malandrines, rufianescos, malignos). Negras y tenebrosas mazmorras asoman la patita. Me pregunto si algún día volverá el sol donde nunca se ponía; mas, como nadie lo sabe, me contentaré con estas palabras: «Habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca» (3)

Me disgusta tanto drama e impostura. Mas, como no es de vientos de lo que ansío abanicarme, sino de cuitas y remembranzas, mando al tártaro la política y recupero el hilo de lo que parece será mi oficio «desde aquí para delante de Dios» (4). Nací solo y he pervivido solo, y solo bregaré hasta mi último aliento; «solo frente al sin sentido de la existencia, sin ser capaz, aunque quisiera, de hacerme a mí mismo inteligible a una sola alma» (5). Siendo lo anterior una realidad presente y pasada, no soy arisco ni zafio, sino celoso custodio de patrimonio sin par: «mi punto de vista». («Nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad» (6). «A mis soledades voy, / de mis soledades vengo, / porque para andar conmigo / me bastan mis pensamientos» (7). Con ellos —y algún que otro libro— tengo más que suficiente para llegar a la última estación de mi particular éxodo, búsqueda o huida hacia delante. Con ellos —y algún que otro vetusto lance de mi pueblo, que se perdería sin remedio en los arrumbaderos del olvido— diré adiós.)

Se me hace difícil salir de mis esencias; si lo hiciera, sería inexorablemente para «contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera» (8). Se me hace difícil no escuchar el revuelo estival de aquellos vencejos en mi trozo de río. Se me hace difícil enmudecer, pues «soy enemigo de guardar mucho las cosas, y no querría que se me pudriesen de guardadas» (9). Pero sobre todo, se me hace difícil no recordar a una persona muy especial, cuya huella considero imborrable; un alma «como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal» (10), dulce, indulgente, comprensiva: la hna. Gonzala. Nunca olvidaré sus grandes ojos, sinceros y brillantes, que sabían mirar con ternura imperecedera; su voz afectuosa, pausada, de terciopelo; sus manos siempre acogedoras, de las que uno podía fiarse y dejarse llevar. Ella fue mi profesora de Ciencias Naturales en 2º Curso (1970/71); finalizado éste, no supe más sino hasta el verano de 1972, durante mi primer contrato estival en la HVL. Se le ocurrió entonces a don Samuel Llaneza destinarme como «pinche» al colegio y al hospital, y fue una bendición. 

Recuerdo a la hna. Gonzala muy bien: su luz permanece aún en mi retina. En la mañana que nos vimos de nuevo, estaba ella en los jardines junto a la hna. Avelina (una monja muy anciana y muy cariñosa, que daba en llamarme «chico guapo». Me presenté y en seguida me reconoció, alegrándose muchísimo de verme. Ella fue quien, ya iniciado el curso 1972/73, me pidió llevar al mediodía la bolsa con la comida (que pesaba lo suyo) para las hermanas de la Escuela-taller de corte y confección, en Ciñera, donde la hna. Josefa era la encargada (una monja cuya sonrisa llenaba todos los vacíos). Acepté la tarea con gusto, sin remilgos ni aspavientos: su amistad y confianza significaban mucho para mí. Coincidimos por última vez en 1982, año crudo y crucial. No sé cuál es la razón, pero en este 2024 pienso en ella. Fue una mujer admirable, una luchadora que buscó en todo momento «la verdad en la vida y la vida en la verdad» (11).


Y despido ya este revoltijo, en torno al alma, con el cuento de «La lechera». ¿Por qué? Porque viene a cuento. Pensar en otra suerte y otros oficios que hubieran podido ser; pensar en otros números de «los dados de Dios», ha sido en mí verdadera obsesión. ¡Ay, si no hubiera despegado los pies del suelo! ¿Qué aires habría respirado? He sido un impaciente anhelando el bien futuro; un descarriado por causa de lecturas mal elegidas y peor digeridas. Perdí el rumbo. Perdí el cántaro, el aliento, la inspiración. Perdí el alma de cristal:

Llevaba en la cabeza
una lechera el cántaro al mercado,
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que advierte:
«¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!»

Porque no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre le ofrecía
inocentes ideas de contento.

Marchaba sola la infeliz lechera,
y decía entre sí de esta manera:
«Esta leche, vendida,
en limpio me dará tanto dinero;
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero
para sacar cien pollos, que al estío
me rodeen cantando pío, pío.

»Del importe logrado
de tanto pollo, mercaré un cochino;
con bellotas, salvado,
berza y castaña, engordará sin tino,
tanto, que puede ser que yo consiga
el ver cómo le arrastra la barriga.

»Llevarélo al mercado,
sacaré de él, sin duda, buen dinero;
compraré de contado
una robusta vaca y un ternero
que salte y corra toda la campaña
desde el monte cercano a la cabaña.»

Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera
que, a su salto violento,
el cántaro cayó: ¡Pobre lechera!
¡Qué compasión! ¡Adiós leche, dinero,
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero!

¡Oh, loca fantasía,
que palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría
no sea que, saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre tu cantarillo la esperanza.

No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna,
que vivirás ansiosa
sin que pueda saciarte cosa alguna.

No anheles, impaciente, el bien futuro;
mira que ni el presente está seguro. (12)





(1) Página 219, tomo I. «Don Quijote de la Mancha», de Cervantes. Editorial RBA, 1994.
(2) En la página 11 de «La rosa y el capullo». Pedro J. Ramírez. Editorial Planeta,1989.
(4) Página 216, tomo I. Idem.
(5) En la página 104 de «Mi punto de vista». Kierkegaard. Sarpe, 1985)
(6) Página 208, tomo I. Idem.
(7) Poema de Lope de Vega. Internet.
(8) Página 210, tomo I. Idem.
(9) Página 230, tomo I. Idem.
(10) Página 7 de Las moradas_Teresa de Avila_Monte Carmelo. PDF. Internet
(11) Página 2, «Verdad y vida», Unamuno. PDF, Internet, Biblioteca Virtual Universal.
(12) «La lechera», páginas 45, 46 y 47 de «Fábulas de Samaniego». Editorial Everest, 1971.

lunes, 7 de octubre de 2024

Muros y lobos

 

Tres son los elementos que utilizo en esta portada navideña: una panorámica de Ciñera (1) —espacio de silencios y carbón donde «nací como todos nacemos, llorando, llorando» (2)—, un servidor en una toma de hace medio siglo, y un muro. Con ellos he compuesto una escena que, aun siendo imaginaria, se corresponde fielmente con lo vivido en doce meses confusos y erráticos, pero sobre todo cruciales. Hablo de 1973... Hablo de 2023.

Al primero de los antedichos lapsos llegué subido en «el tren de ninguna parte» (3), cargado de raíces, hormonas y futuros desflorados; y moviendo el esqueleto en «La Hornaguera», que organizó un concurrido baile de Nochevieja. A dicho evento asistí tras las doce campanadas pero sin campanas en perneras ni plataformas, ya que tales chifladuras eran todavía cosa de urbanitas un poco sandios. Estos provincianos capitalinos que se dejaban caer por mi pueblo, embutidos en campanudos pantalones —con zapatos a juego que más bien parecían pedestales sin fundamento—, ligaban y se lucían ejecutando psicodélicas contorsiones. Ellos me abrieron el candado de naderías y convulsiones de manicomio.

De tal guisa comencé aquellos trescientos sesenta y cinco días. Tiempo de adioses. Tras la Semana Santa, dijo adiós don Victorino como párroco; tras las vacaciones de verano, el 11 de septiembre, dijo adiós el Hno. José Luis Ampudia como director del «Maristas Santa Bárbara» (el Hno. Isidro Frade le sustituyó); tras dieciséis otoños, dieciséis inviernos, dieciséis primaveras y dieciséis veranos —sesenta y cuatro estaciones en que hubo de todo menos «cambios climáticos»—, dije adiós a mis circunstancias por decisión de mis padres: ellos —sus razones tendrían— de cuajo me arrancaron del trozo de tierra que me sostenía. La familia se instalaba en León ciudad. A mí me tocaba en suerte, o desgracia, la Universidad Laboral de La Coruña.

«Soy de esa clase de personas que no están hechas para la vida en un internado. En casa había vivido y estudiado en gran libertad, tal como me gustaba, y pude construir mi propio mundo» (4). Cambiar no era de mi gusto; y menos dar un salto en el vacío. Cambié para estar metido en una sala de estudio junto a más de cien compañeros, lo que fue «para mí una tortura; me parecía casi imposible estudiar, algo que antes me había resultado muy sencillo» (5).

Ahora bien, de las tormentas y chaparrones uno se protege y termina saliendo a flote; pero ¿qué sucede cuando se desata un huracán, una pandemia de histerismo? Sucede lo inimaginable. Aunque por aquel entonces —con dieciséis primaveras a cuestas— no percibiera su importancia, lo cierto es que «la historia del año 1973 está marcada por su abrupto final: la desaparición de Luis Carrero Blanco, el segundo del régimen» (6). Su muerte abrió un proceso que culmina en 2023. Asimismo plantea «varios interrogantes, entre los que destaca primordialmente no el quién, sino el quién estaba detrás de quién. Que el presidente del Gobierno fue asesinado por un comando de la E.T.A. no deja ninguna duda. Pero ¿quién estaba detrás de ese comando y de la propia E.T.A. para inspirar y quizá proteger la ejecución? ¿Qué impulsos exteriores, qué complicidades internas, altas o bajas, encontró el comando asesino? Son preguntas sobre las que nada concreto podemos asegurar y que seguramente quedarían sin respuesta final, sumidas en el misterio» (7). Resulta ilógico pensar que dicho grupo terrorista consumara —en solitario— un magnicidio de tal envergadura —y a cien metros de Henry Kissinger—, cuando en aquel periodo su mayor «acto heroico» había sido la vil tortura y asesinatos de Humberto, Fernando y Jorge, tres jóvenes naturales de La Coruña.

Al 2023, a punto de concluir, he llegado tras medio siglo a la deriva en un océano de niebla. «Quien no es dueño de sí, no es dueño de nada»; «quien dijo pobre, dijo podre». Luego mi oportunidad se ha colado por la buzonera, la he consumido en malos tragos y estériles trajines. Cual mula ciega he sido paniego mugroso; he comido y he movido el vientre, y el alma se me ha escapado por el retrete… Puñetera filfa es el surco del manivacío.

¿Por qué tanto «cielo negro»?

Pregunta inútil. A día de hoy vivo sobre un muro, gritando; vivo en «la cara oculta de la luna» (8), buscando sentido a las cosas; vivo la penúltima ilusión en la cima de la nada sostenible. Bebo los vientos y pervivo en una jaula de mil demonios, con grillos en el magín. En tal lugar, don Puente pontifica y caza brujas porque «haberlas, haylas», y si no, se inventan; además don Puente pontifica sin morderse la lengua, no sea que se envenene: quiere ser «la voz de su amo». Y como no hay dos sin tres, don Puente pontifica y condena el lenguaje figurado, y sube a los altares a los don Oteguis, pistonudos «demócratas de la capucha». Días tristes tocan. «Hoy es peor que ayer y quizá mejor que mañana» (9).

Concluyo. «¡Diálogo, diálogo, diálogo!», sostienen ufanos los nuevos Jeremías del siglo sin luces. «¡Hasta con el mismísimo señor diablo si fuera preciso!», remachan. Craso error cometen quienes así gobiernan los destinos, pues no miden correctamente los peligros y nos meten de lleno en la boca del lobo.



Un amor de corderito recién nacido bebía en las aguas de un límpido arroyuelo. Un lobo que acertó a pasar por allí, le dijo lleno de rabia:
—¿Quién te dio permiso para beber en mi arroyo?
—Señor —contestó el inocente—, que vuestra majestad no se encolerice y que más bien considere que si bebo de esta corriente lo hago lejos de sus dominios.
Viéndose el lobo chasqueado, insistió:
—Por otra parte, tú hablaste mal de mí el año pasado.
—¿Cómo podría haberlo hecho, si aún no había nacido? —replicó el cordero.
—Si no fuiste tú, santurrón desvergonzado, fue tu hermano o alguno de los tuyos. Además, aunque te defiendas no dejaré de comerte.
Y dicho esto, arrojando espuma por las fauces, agregó:
—Es preciso que me vengue de una vez por todas.
Y arrastrando al pobre corderito a su guarida, lo devoró. (10)
La mejor estrategia de diálogo no sirve ante infames patibularios, dispuestos siempre a practicar el mal.





(1) Página 9 de la revista «Hornaguera» nº 158/octubre/1970.
(2) En la primera estrofa de la composición «Como todos», de Manuel Alejandro; interpretada (1969 - Polydor/80042/A: "Como todos"/B: "Es el viento") por Nino Bravo, quien falleció en un desgraciado accidente de carretera el 16/04/1973.
(3) Canción en español de Christian Anders, publicada en 1972. La escuché por vez primera en la sala de juegos de Luis «el barbero», en la calle principal de lo que se conocía como «pueblo viejo». El local tenía unos treinta metros cuadrados. Nada más entrar, a la izquierda, la máquina-disco; en el centro, un billar americano; al fondo, un par de futbolines con los jugadores en madera.
(4) y (5) Página 48, «Mi vida», de Joseph Ratzinger. Ediciones Encuentro. Madrid, 1997.
(6) y (7) Página 221, tomo VII de «La historia se confiesa». Ricardo de la Cierva. Editorial Planeta, 1976.
(8) En inglés, «The Dark Shey of the Moon», octavo álbum de Pink Floid. Publicado el 01/03/1973 en los Estados Unidos y el 23/03/1973 en el Reino Unido, es una metáfora que describe un viaje interior hacia los confines de la locura (según Rogers Waters).
(9) Página 51, «Azaña», de Carlos Rojas. Premio Planeta, 1973.
(10) «El lobo y el cordero», en la página 70 de «Fábulas de Esopo». Susaeta ediciones, 1965.

El tren de «los iluminados»

 

Desde aquel remoto tránsito en que las películas de «vaqueros» eran el pan nuestro de cada domingo, en la sala por todos conocida como «cine viejo» (de nombre, si no recuerdo mal, «Santa Bárbara», ubicado en la calle más alta y más al este de Ciñera de Gordón, tras una de las «casonas», subiendo una escalinata de cemento, y donde a finales de los cincuenta cantó el gran Antonio Molina, quien —según contaba mi padre— cantó de todo menos el «Soy minero»). Desde que era un «guajín», digo, me han gustado los Wésterns. Por eso, ahora que todo bidimensionalmente parece hacedero, he querido figurar como extra en «Pat Garrett y Billy the Kid», de Sam Peckinpah. Dos razones tengo para ello: el año de su estreno ―1973― y el tema, una vieja conocida de actores y actrices de la «España trágica»: la traición a un amigo, a un compañero, a un pasado común.

Si alguien piensa que jugar con las cosas de comer no tiene consecuencias, es que no ha pasado «hambre de siete días». No teme. Octubre, que todo lo encubre, se irá pletórico en malas mañas; detrás y a la carrera vendrá noviembre, que no es manco en lo que a perjurios se refiere. De seguir así, nos iremos todos al guano de la historia. Tras el asesinato de Julio César, Marco Antonio decía: «¡Oh, perdóname, trozo de barro ensangrentado, que aparezca suave y humilde con estos carniceros! ¡Tú representas la ruina del hombre más insigne que viviera jamás en el curso de las épocas! ¡Ay de las manos que vertieron esta preciosa sangre! ¡Ante tus heridas, frescas todavía —cuyas mudas bocas, cuyos rojizos labios se entreabren para invocar de mi lengua la voz y la expresión—, profetizo ahora: caerá una maldición sobre los huesos del hombre: discordias intestinas y los furores de la guerra civil devastarán a Italia entera! ¡Sangre y destrucción serán tan comunes y las escenas de muerte tan familiares que las madres se contentarán con sonreír ante la vista de sus niños descuartizados por las manos de la guerra! ¡Las acciones bárbaras sofocarán toda piedad! ¡Y el espíritu de César, hambriento de venganza, vendrá en compañía de Atis, salida del infierno, y gritará en estos confines con su regia voz: "¡Matanza!", y desencadenará los perros de la guerra! ¡Este crimen se extenderá a todo el universo por los ayes de los moribundos solicitando sepultura!» (1)

En un santiamén se apaga la belleza cuando nos subimos al tren de «los iluminados», cuyo progreso no es sino un brebaje de mentiras e ignorancia. Creen ganar futuro, y tiempo, como si éste no fuese de Dios; perforar túneles para extraerlo no deja de ser un despropósito, un esfuerzo inútil. ¿De qué sirve llegar antes a ninguna parte? «Y lo peor es preguntarte si a la mañana siguiente tendrás fuerzas para continuar lo que hiciste la víspera y desde hace tanto tiempo, en dónde encontrarás la fuerza para esas gestiones imbéciles, los mil proyectos que no conducen a nada, las tentativas para salir de la abrumadora necesidad, tentativas que siempre abortan, y todo para convencerse una vez más que el destino es insuperable, que cada noche hay que caer de nuevo al pie de la muralla, bajo la angustia de ese mañana siempre más precario, más sórdido.» (2)




(1) Página 58; «Julio César», de Shakespeare. Publicado en 1594. Fuente, Wikisource; edición, Madrid, 1921; traductor, Luis Astrana Marín.
(2) Página 158; «Viaje al fin de la noche», de Louis Ferdinand Céline. Editorial Seix Barral, 1983.

domingo, 6 de octubre de 2024

A rey muerto, rey puesto. 1970.

 

Héteme ahí, sentado en la última fila de «un tranvía llamado deseo». Va éste circulando entre cascotes, cascajos y ripios hacia un precario amanecer; a los mandos, la luna vestida de luces. Tal es mi portada de hoy. La he resuelto con la fotografía de un servidor en la escalinata de la catedral compostelana, en julio de 1970, y un fotograma de Dade´s-kaden, película de Akira Kurosawa estrenada en octubre del mismo año. Así la he diseñado porque «vivo viviendo lo que ya es polvo», y porque me gusta el cine de antes y me asquea el de ahora, en que los perros hablan y los humanos ladran.

Vivo viviendo 1970. Es octubre. Para quienes fuimos educados a la sombra de la HVL —desde los cuatro años en párvulos—, aquel mes fue señalado. Tras un veranillo sólito y calmoso, cuyo final se trocó en tricornios por «alteración del orden público» —que dejo para ocasión futura—, estrenamos colegio. Las obras estaban sin concluir cuando viejos alumnos y viejos profesores, y nueva dirección, se daban cita en los inicios del nuevo curso. Un total de 268 alumnos distribuidos de la siguiente manera: 60 en Primero, 36 en Segundo, 42 en Tercero, 37 en Cuarto, 93 suman Quinto y Sexto (mixtos y con grupos de Letras y de Ciencias). Previamente, se había llevado a cabo un golpe de timón en el Santa Bárbara. Transcurridos tres años desde la fundación del mismo, la Empresa —por variadas razones— aprovechó el traslado al nuevo edificio para encomendar su gestión a los Maristas. Así, el colegio de Bachillerato Elemental nacido en el 67/68 en las viejas instalaciones de la Escuela de Aprendices, y dirigido por don Feliciano Martínez Redondo, moría para renacer con el vigor necesario ante una década crucial (una «letra de Pitágoras» mal resuelta en casi todo, visto lo visto a lo largo de diez lustros). Añadir, para cerrar este párrafo, tres o cuatro pinceladas en torno a los recién desembarcados en Santa Lucía de Gordón. «Aquí llegué a primeros de Octubre cargado de ilusiones y sin miedo al trabajo y responsabilidad, que gustoso acepté». Estas palabras del hno. Ampudia, primer director del Maristas Santa Bárbara (sin abandonar la dirección del San José de la capital leonesa), formaban parte de la presentación realizada por él mismo en la revista Hornaguera de febrero de 1971. De su mano llegaban el hno. Flecha, el hno. Saturnino y quien fue, desde su puesto de Jefe de Estudios, principal organizador del proyecto educativo que se ponía en marcha: el hno. Serafín. Hombre incansable y sobrado de ironía, valiente y de frente despejada —y no me refiero a su incipiente calvicie—. Cauto hasta el punto de impartir sus clases con los brazos cruzados, y extendiendo la mano derecha de tal forma que casi se cubría la boca, como filtrando los pensamientos que por ella le salían. Jovial y accesible, nunca nos hablaba desde la tarima; en todo momento permanecía en el centro de la primera fila de pupitres, de pie. Su dicción era casi un bisbiseo, mas suficientemente apoyada en las vocales. Tolerante, pero sólo hasta límites razonables: cuando nos rebullíamos en clase, daba por concluidas las explicaciones y a estudiar —cosa que se aparentaba inclinando la cabeza sobre el libro— en el más absoluto silencio. Aún conservo la imagen de aquel hombre fiel a su bata blanca, y que fue mi profesor de Lengua Española e Historia de España y Universal en 2º y 3º respectivamente.


«Todo pasa. Pasan pompas y vanidades, pasa la nombradía como la oscuridad. Nada quedará, a fin de cuentas, de lo que hoy es la dulzura o el dolor de tus horas, su fatiga o su satisfacción. Una cosa sola, Aprendiz, Estudiante, hijo mío, una cosa sola te será contada, y es tu Obra Bien Hecha.» (1)






(1) Palabras de Eugenio D´Ors, en la página 7 del libro para 2º Curso de Bachiller General cuyo título es «Aprendiz de hombre», de G. Torrente Ballester. Editorial Doncel, 2ª edición, 1961.

sábado, 5 de octubre de 2024

Consejas de otoño

 


Mirando el ayer con el corazón, pues no hay otra manera de comprenderlo; sintiendo y alentando reminiscencias, de mi carne arranco infectas espinas, que gastados agravios —agua pasada— no han de volver mohíno el gesto.

Quien mucho llora, su mal empeora. Todos los días y con idéntica fatiga, busco alivio en la inercia de mis pasos. Es entonces cuando te veo en el callejón oscuro por el que pasas veloz, serio por fuera. Oigo tus «aleteos». Vivires apresurados junto a gusarapos y carcomas. Una pena de otra pena seguida; un juego perdido en otro juego; dieciséis años de cosas. Cosas de guajes, del Régimen, de la Empresa casi todas; cosas del día y también de la noche. Cosas, al fin, que llenan las horas y vacían los adentros. La bigarda, el gua, los santos, el trompo, las espadas, el sal-del-bote-cara-dura y el chorro-morro-picatorro, saltar y correr. Siempre carreras. Jugando al pañuelo, al marro y a la pica; yendo a los mandaos con la zapatilla dibujada en el lomo, y a la escuela, con el bocado entre los dientes.

Quien no es dueño sí, no es dueño de nada. Dormito. Entre dientes hablo de ti. Cual mosca paralizada en tela de arañuela repaso tus historias y veo desfilar humazo, peñas y puyas, puentes, prisas —siempre prisas—, un apeadero y trenes. Borracho de dudas subo al Rápido: son las ocho de la tarde. Me acomodo en el vagón de cola; por la ventanilla, sombras negras como nichos, largas, preñadas de pesadumbres. Se me van los huesos tras ellas. Cierro los ojos: brota el verde, luego el rojo; finalmente la bruma, que se adueña de mí. Cabeceo.

Llorar a puerta cerrada, porque el vecino no entienda nada. Las ocho del alba llegan y la cantera despierta: cantos menudos cantan su letanía sobre vagonetas de frío. En el hogar, café de puchero impregnando el aire; fuera, un río nervioso cortando el suelo: se lleva cenizas, esqueletos de perros y gatos, humanidades paridas en sangre. Con las primeras luces tienes pan con Tulipán y obediente lo comes, o lo escondes bajo el armario; aprendes bien las cuatro Cartillas de Álvarez. Vas a la clase de doña Hilde para saber que la a es un burro; la e, un sordo; la i, un gocho; la o, un pájaro huyendo, y la u, esa máscara que nos permite convivir al tiempo que nos asusta. En la escuela del silencio te van quemando los ojos, espejo del alma; te van llenando la alforja de hollín. (Lo hueles, se te cuela por el respiradero, te invade.) Ves pasar días, todos iguales como nubes pardas. Cumples años y añades peso a tu vida, negro batallar inmerso en un charco de tristezas. Eres un ratón que de todo come: acederas de la huerta, hojas de enredadera, tallos tiernos de zarzamora, flores de falsas acacias; también arándanos, machucas y picaculos. Bobo bizarrín eres sobre las vallas del campo de fútbol: peligrosamente por ellas caminas; no lloras cuando caes espatarrado y te machacas la entrepierna; muy osado eres cuando te rehaces presto y al galope huyes. Con todo, llegas en un «quejío» a la caseta junto al puente y tarareas el «Desiderio» —«siempre triste y siempre serio»—. ¡Ay del que sufre a solas! Si no fuera por el rayo / de lunita que me alumbra, / ¿qué sería de tu cuna? / ¿Qué sería de tu llanto? / Lágrimas bajo la lluvia.

Quien con cojo anda, al año cojea. Un orbe intrigante, lioso y embrollón se te mete dentro: es una trapisonda primera, un barullo. Te hace girar en torno a una zanahoria; te arroja miguitas de pan, el muy ladino; si bien lo peor es que por su causa renqueas. Quisiera librarte de la tremenda barahúnda que se ríe de ti, darte quietud; con retales hacerte un traje nuevo quisiera. Triste niño que a mi lado lloras; figura errante que mis pasos guías; inseparable amigo. Sobre ti cargo este galimatías, este dislate, estos carámbanos yertos. Agazapado en un castillo de remembranzas, pervivo mirándote. Monte arriba trotas palmeando la grupa; descuadernado buscas nuevos horizontes; quieres que no dé vueltas la rueda, pero es inútil: sigues creciendo y estás solo y mohoso y despeinado, y un perro te ladra en el angostillo. Dime, compañero del alma, compañero, cuando a las puertas del amor llegues, para poder abrirlas, ¿qué harás?… ¿Sólo soñar?, ¿soñar solo?, ¿guardar el agua en un cesto? ¿«Cojitranquear»?

Quien tiene rabo de paja, no se arrime a la llama. De poco sirven mansas consejas estando hecho a voces de trueno, tortas y zapatilla. Condicionado cual perro de Paulov, obedeces: vas camino del cerote, «amigüito», donde nunca se cena. Sin mirar, porque mirar es pecado, cierras la puerta de la cocina y entras en el dormitorio; te metes en la cama, resoplas, gimoteas. Te quemas. Piensas en tu trozo de río, charca oscura y malvada que alienta engañifas y destripa briosos renacuajos, y donde los zapateros caminan sobre las aguas. Te ves atrapando moscas: las esperas silenciosamente; las miras; lanzas veloz tu mano tonta; no siempre caen: a veces se te cuelan entre los dedos. Te ves atrapado: hueles a chamusquina. Rabias en la carretera. En lo alto del muro —el fusco muro de los vencejos, medias lunas sobre azul— entre la librería de Tines y el túnel, te sientas. Miras cómo pasan los camiones Pegaso y Barreiros, y se te va el alma tras ellos; mas no te preocupes: algún día te irás lejos, muy lejos tal vez. Hoy toca el tostadero, el pienso sin existir, los huevos fritos con patatas y alimentar la zurda esperanza, esa embustera que mece la cuna de los guajines como tú.

Quien domina su ira, vence a su mayor enemigo. Irreflexivo y molesto, rebotas contra el murallón; desairadas, las tripas se quejan, hipan, gimen. Varado en una poza de fingidos lazos, con un miau de siete gatos lamentas la mala chamba que ata tus pies. Revoloteas como avispa loca, picas, te enzarzas, reniegas. Te crujen. Te mandan al Economato y bien Angelita o Parra te apunta en la libreta las patatas, los huevos y el aceite; también la leche Aly, «esterilizada y homogeneizada, parcialmente desnatada»; asimismo arroz y azúcar, lentejas, alubias y garbanzos. Pepe y los suyos te lo cargan en la bolsa y regresas corriendo (estás a primeros: es el fin del mundo). Y «que llueva que llueva, la Virgen de la Cueva»; y si no llueve, a regar berzas, lechugas y zanahorias, también sueños dorados que mueren mustios y tragando sapos. Un balón ganado en la rifa de Reyes… Liga escolar: rayistas y montañeses, agitación infantil, patadas y codazos, nervios... Plaza casi redonda en el centro de la hoya, donde se cuecen las fiestas de San Miguel y sus atracciones «septembrinas», aguadas la mayoría, con risas en los espejos, barcazas columpio, tiovivos, cadenas, coches de choque, tómbolas como la vida misma.

Quien no padece, no merece. Indeciso, dejo pasar y pasar las horas. Perturbado de caletre y difuso, me adentro en ti: vivo en una nube de tinta. Cuando ya ningún rebrote siento y mi corazón desamado es una piedra, lentamente caigo en la espinosa y dulce melancolía. He pasado mala noche batiéndome contigo, queriendo ser lo que tú eres. Mil temores bullen dentro de mí. Fatigado, aturdido, quisiera tocarte, abrazarte, reírme con tu risa. Ver con tus ojos. Vibrar como las chispas, que nacen de una fragua y vuelan al cielo para ser estrellas. En cambio, héteme aquí maniatado, perdido entre palabras, traspapelado. Por si no lo sabes, ando buscando un no sé qué que quisiera recomponer: te busco revisando ratoneras, rodeado de trabas y horrendos chirridos. Raspo la inopia y sale ignorancia; entierro la mentira y reaparece un camino al cementerio, por donde siempre regresan menos de los que van.

Quien dijo pobre, dijo podre. Con hambre de siete días. Por eso en la mesa comes y callas: para matar la gazuza; pero a veces rompes la ley del silencio con un disparo seco. «¡Pan!» Pides pan de la Socorro y te suben ardores a los ojos; se te suelta la voz, que golpea ida contra cercas y bloqueos. El demonio del marro te pilla y te lleva, al plato te ata en que amorras y tragas, te quiere suyo, que seas murga, rumor vahído, un azacán. Te arrepentirás si dejas que te ponga el arnés.

Lo que no quieres, ¿para qué lo quieres? ¡Entérate! Pasan los años y sólo queda pestilente monotonía, empalagosa y estúpida: queda el cansancio. ¿No lo ves? Cual mula ciega vives: no eres más que paniego en pringue arrastrando calderos de comida para los cerdos, arrancando hierbas para los conejos, arreando monte arriba en busca de leña. Comes y mueves el vientre, te oxidas, te desnucan un poco cada segundo; te las ves y deseas. ¿Y aún me dices que tienes fe?… Puñetera filfa es el cauce del manivacío: aguas que aparecen y luego se vician, se frenan, se arremansan. ¿Dónde vives, guajín?

El mal del milano, las alas quebradas y el pico sano. Sé que vives; que habitas una época como las demás, ni mejor ni peor: en todas hay razones locas y locos razonables, gente buena y mala gente. En todas crece la hiel a cada paso. Pero sigamos. Ven conmigo hasta el plano inclinado del «Dos-caballos» de don Gregorio; mejor aún: pasemos de largo hasta Santa Lucía. Sube la cuesta de San Roque y baila conmigo el vals de los gusanos de seda condenados a no ser mariposas. ¿Lo conoces? Ya veo que te ríes de mí. Es normal: soy un escarabajo que duerme lejos del mundanal ruido, junto a sabandijas e insectos de otras podreduras. ¡Sin hacer ruido! Así que no me despiertes con tu mofa; no me despiertes y déjame soñar mientras consumo mis penúltimas bagatelas. Déjame vivir, pues los años corren con estrépito, siniestros y chirriantes.

Algún día será tu día. Pero has de saber que no hay futuro sino balsa, bebedizo, letra muerta; que peor es el miedo al dolor que el propio dolor; que los años no borran el trauma: en ocasiones, o tal vez siempre, todo regresa con mayor ímpetu, y el rescoldo se hace fuego furibundo. Has de saber que de amigo a amigo, la chinche, y guárdate de los que vienen con piel de oveja fingiendo querencia, pues sacarte el unto quieren y no tardan mucho en cambiar la caña por la lanza. Has de saber que no hay amor ni caridad, sino más tener y mucho tener; que la soledad de quien nunca conoce compañía es comparable a la ceguera de nacimiento; que hay heridas que no se curan, y toda la vida duran; que cuando la ira manda, nadie cuida de nadie. Y deja de tirarle piedras al sol: le da lo mismo. Deja de correr a ninguna parte.

(Estas mis consejas son la leche que mamé y los paños que me envolvieron. Soy el que soy: secuela de un existir aperreado y flaco. Tenlo presente.)

domingo, 18 de agosto de 2024

«Mostaza» (don Victorino, segunda parte)

 

En tierra dura y de azotes amoratada, donde no hay fiesta sino en el barro y los carámbanos son de aúpa ―¡aúpa Hullera!, dice un señor que fuma en pipa mientras los jugadores sobre fangal corren y patean el balón de riguroso cuero―; en tierra severa y de castigos ennegrecida cae un humilde grano de mostaza. Estamos a finales de los cincuenta, recién inaugurada la iglesia construida por don Emilio, a punto de publicar su nº 1 la revista Hornaguera, donde nuestro párroco ensayará como escritor. Del Seminario ―cuando es el obispo Almarcha eje político-religioso― nos viene un principiante como pescador de hombres, un abnegado soldado de Cristo; pero así como desea echar raíces y buscar en la oración el bien de todos sus feligreses, asimismo esconde un algo indescifrable ―una multitud de anhelos, un sinnúmero de figuraciones―, una impaciencia que le hace ir más allá de sus votos y almibarar cierto mejunje obrerista que despierte al manso, al explotado, al menesteroso. Quiere ser otra cosa. ¿Quiere la luna?



En los sesenta, década llena de prodigios, habita entre nosotros. Llega de negro hasta los tobillos a finales de los cincuenta; desaparece, agiornado hasta la coronilla, en 1973. Hablo de don Victorino, quien con sotanilla de peón albañil ―en 1970― baja del púlpito y se nos sube al psicodélico andamio de la Iglesia suicida, en ONG resucitada. En nuestra parroquia parda, bajo un cielo cazurro y cicatero, ¿qué absurdo están regalando tiempos de Concilio? Mejor guardo silencio, pues son materias recónditas: lo mismo dan de sí conocidas que ignoradas. Tal vez por malaventura comienza el baile de hábitos y ropones un veinticinco de enero de 1959, fecha en que Juan XXIII anuncia en la basílica de San Pablo Extramuros, a los Cardenales, su propósito de llamar a capítulo; se «masoneriza», se «zurderiza», se extravía Pablo VI cuando acepta de nuevo el movimiento de curas-obreros nacido en los cuarenta.



Pues bien: de todo lo anterior, chiquillo de mis entrañas, nada entendemos; nada somos capaces de sentir. Lo que pasa por las chollas de los amos desamados, que se lo coman con su pan. Por tanto, aprovecha que hoy es domingo. Aparca la bicicleta y el balón; aparca los juegos y deja de arrastrarte por la ceniza; aparca los deberes de la escuela y los «mandaos». Pero ándate con cuidado: tocan a misa de 10:30 y es obligada para los niños ―género epiceno―. Y a ti te gusta, no se te hace pesada; te abre las puertas de la gloria. Sobre todo esta mañana dominical de junio, porque don Victorino te ha elegido para leer los Evangelios, que transitan por la parábola del grano de mostaza:


El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza que un hombre siembra en su campo. Es la más pequeña entre todas las semillas; pero una vez que se ha desarrollado es la más grande de todas las hortalizas. Y llega a hacerse arbusto, de modo que las aves del cielo vienen a posarse en sus ramas. (Mateo 13: 31-33)


―No está mal, guajín. Lo harías mejor si no te formaras ese taco morrocotudo con los números sembrados entre las frases (que, cuidadito con ellos, no están para ser leídos); te falta un poquito de fuerza y te sobran nervios. Aunque no importa: con los años todo se aprende y nada se sabe… (No sé si llevas la propina. ¿Llevas las dos pesetas? Guárdalas bien para comprarte las pipas y los frescolines. No creas que no me sé lo que te cuestan; en ocasiones, cientos de pasos en torno a la mesa de la cocina. Ecasa del achuchado, conseguir es tedioso y cáustico. Nadie regala nada.)


En tu pueblo y el mío brotó aquel grano de mostaza, y no tuvo tiempo de hacerse arbusto, y las aves del cielo no se posaron en sus ramas. En tu pueblo ángel mío se amustió el florido pensil, se agostó la inocencia, y la casa del Señor se puso al día engendrando la noche. Crecieron por doquier curas-obreros, que no eran obreros ni curas sino... ¿liberados sindicales?


―Creo que no ves blanco. ¿Por qué les tienes tanta ojeriza, tanto enojo, tanto rechazo a quienes hacen de la injusticia el motor de sus anhelos; aunque se les llene la boca con perogrulladas como explotadores y explotados?

―No hay razón y sí muchas razones, y todas las guardo bajo llave; otro día te abro la caja de los truenos. Ahora te pido ayuda para encontrar una explicación a estas metempsicosis, a estas mutaciones, a estas mudanzas enloquecidas de nuestro cura; por eso he de centrarme. Sabes bien que si me dejara llevar…

―Ya, ya, céntrate la palabra y sigue con tu aparte. Pareces un presentador de televisión encantado de haberse conocido, que hace aspavientos y hace la ojiva como si en ello le fuese la salud. Si te dejaras llevar, talludito de mis agonías, lleno como estás de yerros negros como el carbón, ¿qué harías?

―Nada, lo sabes bien: no soy de los que atizan el fuego con la espada ni piedra que ladre.

―¡A otro perro con ese hueso, vejestorio! Las piedras no hablan. A mí no me la das, Caifás; no me fío de ti. ¡Olvídame!

―No puedo borrarte de mi memoria; y allá tú si desconfías. Has de saber que la duda es la esencia de lo inerte: quien duda, la palma. ¿Sabes que un poco de fe nunca viene mal? Revivifica y llena los vacíos de rutinas, quehaceres y demás remedos. Así que hagamos algo. ¡Ponte las pilas!

―¡Qué modernidades las de mi futurible «don Arrugao»!

―No me sises argumentos y vayamos al grano. ¿Te parece bien que juntos descifremos el embrollo, la maraña, el babel de nuestro párroco analizando minuciosamente sus artículos? Pues manos a la obra.


El primero se titula Oración ante un montón de carbón, publicado en el nº 18 (febrero de 1962), cuando la Empresa pretende ―a partir del nº 17― ordenar y normalizar su revista Hornaguera, rearmarla contratando los servicios de un mercenario de la pluma, don Victoriano Crémer; y dotarla de todos aquellos atractivos que la hagan especialmente deseable. Mas lo cierto es que destacados eventos ―la medalla de oro al mérito del trabajo y la programada visita de Franco― hacen que los máximos responsables caigan en el artificio de que la mejor opción es jugar sobre seguro: ir de la mano de un autor reconocido, que sepa dar realce a tales efemérides (en los números 17 y 25 respectivamente). Creo que no aciertan, malogrando un proyecto inicialmente prometedor. A mi juicio, Víctor León ―tal es el seudónimo del señor Crémer―, cuya primera medida es el cambio de imprenta ―de Mijares a Casado― carece de objetivo sereno y franco, y tiene otras inquietudes, otros afectos: es de otra cuerda. Su elección constituye una verdadera pifia; sobre todo porque tenemos entre nosotros a un hombre más leal, sin fingimientos, próximo al mundo editorial y con una prosa que no se extravía en manierismos ni florituras (más idónea, por tanto, al fin pretendido). Me refiero a don Ángel Sabugo. Aunque no es esto de lo que quiero hablar, sino de Oración ante un montón de carbón:

«Tengo ojeriza, Señor, al carbón ―escribe premonitoriamente don Victorino― y me va a resultar difícil hacer oración ante ese montoncito que han dejado a mi puerta». No cabe duda que acierta: hoy en día, ¿quién no le tiene malquerencia? En febrero de 1962 da en el clavo cuando, por tres veces, nos dice: «tengo antipatía al carbón»; cuando escribe: «¿Cómo quieres que tus esforzados hijos ―obreros y empresarios― oren ante esas negras montañas, gigantes siempre con mal ceño y amenazantes?» (Menos mal que los empresarios son, aún, esforzados hijos; menos mal que hay una parte donde su opinión respecto del oscuro rorro mejora considerablemente: «Cuando al venir de la calle ―escribe―, aterido de frío, me arrimo a la cocina en un día de invierno te doy gracias Señor, por esta criatura».)

 

El segundo es «Oración ante un padre», publicado en el nº 19 (marzo de 1962). ¿Se trata de una sencilla e inocente reflexión en torno a la santidad? Antes de comentar, hete aquí un pequeño resumen de copio y pego: «La tarde está espléndida. Hoy no me pierdo el paseo. Además es jueves; los jueves los niños no tienen clase… En la plaza me encuentro a Antonio que viene de la mina… Antonio es el padre de Juanito… Le echo una mirada para ver si me sirve. Para la idea de la oración… Me preocupa un poco el tema de la revista… Tengo… ganas de salir al sol… ¿Qué camino? Mejor el del Valle… El sol se nubla un poco… Vuelta con la oración. Y todo por culpa del sol que se nubla y de este marzo endiablado. Ellos han traído a mi mente ese torbellino de ideas… Dialogo conmigo… No voy a perder el tiempo. Antonio no me sirve para el artículo… El pantalón sucio, la chaqueta remendada y la cara llena de carbón… Quién se pone a rezar ante un santo así… Canto… Oración se hace delante de los santos… Antonio no es un santo… San Pablo no diría lo mismo. Él llamaba, a los bautizados, santos… Estáis acostumbrados a hacer oración delante de los santos de cartón-piedra… La oración se hace tranquilamente en el templo y no en el paseo del jueves ante un minero. ¿Es que el mundo no es el templo de Dios? ¿Es que Antonio no es templo de Dios vivo? ¿O es que tú no lees a San Pablo que dice: “no sabéis que sois templos de Dios”?… Elijo la idea»... Veamos. Creo que nuestro cura se hace trampas en su particular soliloquio por el camino del cementerio. Su trajín mental es ficticio, una tapadera; ya conoce la solución: «Antonio, obrero, padre de Juanito, santo… me sirve para hacer oración». Se le notan incontenibles ganas de ponerse al día y reducir liturgias, de quitar misterio a lo sagrado.

 

El tercero ―donde la firma ya no es «V. Berzosa» en la cabeza del escrito, sino un «V.B.» de incógnito al final― se publica en el nº 20 (abril de 1962); «Juanito conjuga el verbo sufrir» es su título. [...]

Llegamos al cuarto en el nº 31 (marzo de 1963), con un escrito titulado «Solo»; sin firma, pero a mi entender su autor es don Victorino, por tema y estilo. [...]

El quinto en el nº 44 (abril de 1964), donde tenemos a «Mostaza» por vez primera en «Carta a un escritor». [...]

El sexto en el nº 45 (mayo/1964), «Bachiller para chicas», un artículo donde tímidamente roza el tema de la liberación de la mujer. [...]

En el séptimo protagoniza un raro debate sobre «La Natalidad» ―números 49 (septiembre de 1964) y 50 (octubre de 1964)―, cuando las familias numerosas son lo habitual. [...]

El octavo ―mitad de dieciséis― lleva por título «Curas progresistas», en el nº 53 (enero de 1965). [...]

 

(Queda rellenar los corchetes para otro día...)